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Las leopardas, de Marta Borraz. Un verano en el pueblo y las mujeres que sostuvieron lo que nadie quería nombrar

El sida admite más de una novela, y una de ellas es la que no se centra en quien enfermó, sino en quienes se quedaron cuidando, callando o sosteniendo. Las leopardas, de Marta Borraz, ganadora del XXII Premio Tusquets Editores de Novela, se inscribe en esa segunda clase. Tusquets la publica en su colección Andanzas, con doscientas treinta y dos páginas, y la presenta, en palabras de su ficha, como una obra «luminosa y devastadora, de extraordinaria fuerza narrativa, que rescata del olvido a toda una generación de mujeres».

Conviene distinguir lo que se sabe de lo que se anuncia. Lo que se sabe: es una novela sobre el impacto del sida en la España de finales del siglo XX, contado a través de un grupo de mujeres. La cita editorial que la acompaña, de Francisco Serrano, menciona las relaciones humanas, los tabúes sociales, la enfermedad, la sororidad y un verano en el pueblo. Lo que se anuncia: un rescate. Y rescatar es un verbo con consecuencias, porque obliga a preguntarse de dónde y por quién fueron olvidadas esas mujeres, y a no responder con un lamento genérico.

Marta Borraz nació en Huesca en 1981, es licenciada en Derecho y trabaja como abogada y mediadora en Barcelona. Su primera novela, Años de vida, es de 2024. La biografía no es un dato de color: una autora que ejerce la mediación, es decir, el oficio de hacer hablar a quienes no se hablan, es una autora que probablemente entienda mejor que otras cómo se organiza el silencio en una familia o en un pueblo. Digo «probablemente» porque es una inferencia, y las inferencias biográficas son el recurso favorito de la crítica perezosa. Lo dejo planteado y que sea el libro quien responda.

Hay que decir, además, algo sobre el contexto de recepción. Un premio de novela garantiza visibilidad, y la visibilidad tiene su precio: Las leopardas se leerá, con toda seguridad, en la estela de una conversación pública sobre memoria y cuidados, y será elogiada por lo que representa antes de ser discutida por lo que hace. Ese es el peor destino que puede tener un libro con un tema tan serio. El sida en la España de finales del siglo pasado no es un asunto cerrado: sigue habiendo una generación entera que lo vivió desde la pérdida, y otra que lo conoce como estadística. Una novela puede reunir esas dos miradas, pero solo si renuncia a la pedagogía.

La elección de un grupo de mujeres no es neutral, y la editorial la formula bien con la palabra sororidad. El riesgo está en que esa palabra, hoy muy usada, tape lo que debería destapar. La sororidad real no es siempre amable: se parece más a una red de obligaciones, de favores no pedidos y de verdades que se dicen demasiado tarde. Si la novela se limita a mostrar mujeres que se apoyan, habrá hecho una pancarta; si muestra también lo que ese apoyo cuesta, y a quién deja fuera, habrá hecho literatura. No basta con decir que hubo cuidado; hay que decir quién lo pagó.

El verano en el pueblo es otra de las claves anunciadas, y funciona como una decisión de forma. El pueblo es un espacio donde nada se oculta y todo se sabe, y donde la enfermedad, como suele recordarse de aquellos años, podía convertir a la gente en tema de conversación y a la conversación en cordón sanitario. Situar allí el relato permite que el estigma tenga rostros, cocinas, plazas. Y plantea una pregunta estimulante: qué ocurre cuando una enfermedad temida llega a un lugar donde todos se conocen, y la privacidad, como concepto, no existe.

El título es una incógnita que la ficha no despeja. Las leopardas, en plural y en femenino, remite a un animal de manchas y de garra, y la tentación de la crítica será leerlo como emblema de las protagonistas. Conviene resistirla hasta que el libro lo explique: un título que se interpreta antes de leer la novela suele acabar diciendo lo que el reseñista quería. Si la imagen está bien ganada dentro del texto, será un acierto; si es un rótulo de contraportada, lo notaremos en la primera escena.

Las leopardas es, por todo ello, una novela sobre la que conviene mantener la expectativa y la exigencia a la vez. La editorial promete luz y devastación; la primera es fácil de prometer y la segunda, también. Lo difícil es que las dos aparezcan en la misma página. Este es el tipo de libro al que merece la pena dedicarle una discusión larga, y más de una, y no solo cuando toque hablar de premios.

— Ana María Olivares

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