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La idea de volver, de Diego del Alcázar. Dos voces, un pueblo de Cantabria y una pregunta incómoda

Hay una costumbre que conservo y que no pienso corregir a estas alturas: cada vez que vuelvo a un pueblo en el que estuve hace años, lo primero que hago es buscar a los viejos. No a los monumentos ni a la iglesia ni al bar nuevo con la terraza de aluminio, señoras y señores; a los viejos. Porque un pueblo es lo que saben los que quedan, y cuando ese saber se va no queda pueblo sino decorado. Con esa manía encima me metí en La idea de volver, la segunda novela de Diego del Alcázar, que Siruela acaba de publicar en Nuevos Tiempos.

El planteamiento es sencillo y por eso funciona. Adrián es un académico instalado en Nueva York, en Columbia, y regresa a su pueblo de Cantabria para presentar a su novia a su madre y a Fausto, su padrastro. Fausto es un anciano que cree en las cosas en las que cree la tierra que pisa: la mitología cántabra, los saberes heredados, lo que se transmite sin papeles. Dos voces en primera persona, doscientas setenta y dos páginas, y entre ambas ese espacio incómodo donde uno tiene que decidir qué hace con lo que le dieron.

Del Alcázar —presidente de IE y autor de una primera novela, La genética del tiempo, en 2023— escribe desde un sitio poco habitual en nuestra narrativa: el de quien ha hecho carrera en el mundo de la gestión y la tecnología y decide usar la ficción para hacerse las preguntas que ese mundo no se hace. Podría haber salido mal. Hay mucho ensayo disfrazado de novela circulando por ahí, mucho libro que en realidad es una conferencia con personajes. Este no lo es del todo, y esa es la primera buena noticia.

La segunda es que el autor no ha caído en la trampa obvia. La trampa obvia, en un libro que enfrenta tradición rural y pensamiento tecnológico, consiste en repartir la razón: el viejo sabio contra el ingeniero descreído, la aldea con alma contra la ciudad sin ella. Sopa recalentada que se ha servido cien veces. Aquí no. Fausto no es un oráculo con boina y Adrián no es un tonto ilustrado, y el choque entre ellos no se resuelve con la moraleja de que había que volver al pueblo. Se resuelve, cuando se resuelve, en el terreno donde se resuelven de verdad estas cosas: el de los afectos, el de las deudas viejas, el de lo que uno le debe a quien lo crió sin obligación de hacerlo.

Digo cuando se resuelve porque el libro tiene sus flojeras y no voy a disimularlas. La inteligencia artificial entra en el relato con más intención que necesidad, y en algún tramo se nota que el novelista le cede el micrófono al ensayista. Las dos voces, además, no siempre están igual de logradas: la de Fausto tiene una textura y un vocabulario que se sostienen solos, mientras que la de Adrián se apoya demasiado en lo que piensa y demasiado poco en lo que hace. Es un desequilibrio corriente en las novelas de dos narradores y aquí se paga en algunas páginas de la mitad.

Pero les diré una cosa. Cuando el libro se olvida de las tesis y se pone a contar, sube varios enteros. Hay una atención al paisaje cántabro y a lo que ese paisaje impone —la humedad, la niebla, la distancia entre casas, la manera en que la geografía fabrica caracteres— que está muy por encima de la media de lo que se publica bajo el rótulo de novela de regreso. Y hay una idea de fondo que me parece la mejor del libro: que volver no es un movimiento hacia atrás sino una obligación de decidir, y que quien vuelve del todo y quien no vuelve nunca cometen el mismo error, que es ahorrarse la elección.

No es una novela perfecta y no pretende serlo. Es una segunda novela, con la ambición y la irregularidad que suelen tener las segundas novelas de los autores que están aprendiendo a serlo. Pero es honesta, está bien escrita y se hace preguntas que importan sin ponerse solemne, que es más de lo que puede decirse de bastantes libros con mejor prensa.

Léanla despacio y sin esperar respuestas, que el libro no las tiene y hace bien en no tenerlas. Y si tienen un pueblo al que llevan años sin volver, quizá les venga bien leerla justo antes del viaje. O quizá justo después. Eso ya es cosa de cada cual.

— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás

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