Chica, de Camille Laurens, no es una novela sobre la infancia de una mujer. Es una novela sobre el idioma que le pusieron encima antes de que pudiera contestar. Conviene decirlo desde el principio, porque la manera en que se presente este libro determina cómo se va a leer, y la vía cómoda —una más sobre la condición femenina— lo desactiva.
Malpaso lo publicó el 2 de septiembre. El original francés, Fille, es de Gallimard. La protagonista es Laurence Barraqué, nacida en 1959 en una familia de clase media francesa, hija de un médico que esperaba un varón. El libro la sigue durante décadas, atravesando los grandes cambios sociales de Francia: la entrada de las mujeres en la vida pública, la lucha por el derecho al aborto, la llegada de una conciencia feminista que al principio no tiene ni nombre.
Hasta aquí, el resumen podría corresponder a docenas de libros. Lo que hace distinto a este es dónde coloca el foco. Laurens no busca el acontecimiento —la agresión, la ruptura, el escándalo—, aunque los haya. Busca la gramática. Busca el momento exacto en que una palabra decide un destino: qué significa que te llamen chica, qué significa que el masculino sea el género que engloba, qué se transmite en un diminutivo, en una corrección, en un chiste de sobremesa que nadie recuerda haber hecho. La novela sostiene que la desigualdad no se instala mediante grandes decisiones sino mediante un goteo léxico que nadie firma y del que nadie se responsabiliza.
Es una tesis fuerte y Laurens tiene con qué defenderla. Es profesora, ha trabajado la lengua durante toda su obra y sabe que un libro que quiera demostrar algo sobre el idioma tiene que hacerlo con el idioma, no sobre él. De ahí que la novela trabaje con las personas gramaticales, con el modo en que la narradora se nombra a sí misma, con la distancia que impone o rompe según el tramo de su vida. Esa es la operación central del libro y es también donde se juega su éxito o su fracaso, porque un artefacto así depende por completo de la traducción. Un lector español está leyendo, quiera o no, una decisión de traslado tras otra.
La recepción en España está siendo interesante por lo que revela. InfoLibre tituló su pieza preguntando si el lenguaje no estará armado para humillar a las mujeres, y el enfoque es acertado, pero se queda en la parte más discutible del libro y deja fuera la más incómoda. Porque Chica no es solo un catálogo de violencias del idioma. Es también, y sobre todo, un relato sobre la complicidad: sobre las mujeres que reproducen el orden que las daña, sobre las madres que enseñan a las hijas a hacerse pequeñas, sobre lo que cuesta reconocerse dentro del mecanismo y no solo debajo de él. Esa segunda capa es la que da al libro su espesor y la que suele desaparecer de las reseñas, quizá porque no cabe en un titular.
Hay que señalar también sus costuras. La ambición de abarcar sesenta años obliga a Laurens a acelerar por tramos, y en esas aceleraciones el libro pierde el grano fino que lo distingue y se acerca peligrosamente al panorama sociológico. Hay páginas en las que la tesis va por delante del personaje, y se nota: Laurence deja de ser una mujer y pasa a ser un caso. No son muchas, pero están, y conviene no fingir que no.
Aun así, el saldo es claramente favorable. Este es un libro que hace algo difícil: convertir una convicción política en materia narrativa sin que la narración quede reducida a ilustración. Y llega en un momento en que la conversación pública española sobre lenguaje y género se ha vuelto ruidosa, perezosa y muy poco interesada en los textos. Chica no participa en esa discusión con eslóganes. Participa mostrando, despacio, cómo funciona el mecanismo desde dentro de una vida concreta.
Se leerá, previsiblemente, en clave de actualidad. Sería una pena que se quedara ahí. Lo que Laurens ha escrito es una novela de formación escrita contra la propia idea de formación: la de una mujer que tarda décadas en descubrir que aquello que le enseñaron a llamar carácter era, en realidad, obediencia. Merece una discusión larga, y más de una.
— Ana María Olivares








