Hay un gesto en el arranque de este libro que condensa toda su tesis: entre todos los objetos posibles, Javier Milei eligió regalarle a Elon Musk una motosierra. Luciana Peker se detiene ahí y no la suelta en doscientas páginas. La motosierra no es una metáfora que ella construya; es una imagen que el propio poder eligió para representarse, y el trabajo del ensayo consiste en tomarla en serio.
La odiocracia, publicado por Libros del K.O. en febrero, supone un giro respecto a lo que Peker venía haciendo. Sus tres libros anteriores —La revolución de las hijas, Sextéame, ¿El amor es o se hace?— trabajaban sobre el deseo, el amor y las transformaciones que la cuarta ola había introducido en la vida sentimental. Este trabaja sobre el odio. El desplazamiento no es caprichoso: la autora, periodista de referencia del feminismo argentino, vive en España desde finales de 2023 tras una campaña de hostigamiento que la empujó fuera de su país. Escribe, por tanto, desde el exilio, y conviene tenerlo presente porque el libro no lo disimula.
La tesis central es que el machismo y el racismo han dejado de ser prejuicios que el sistema tolera para convertirse en el sistema mismo. No son un residuo cultural en retirada: son el mecanismo de movilización de una ultraderecha que ha descubierto que el odio funciona electoralmente mejor que cualquier programa. Peker lee Argentina como laboratorio de esa operación —turboneoliberalismo que ella califica de feudal y misógino— y traza las líneas que la conectan con España a través de las afinidades entre Milei, Santiago Abascal e Isabel Díaz Ayuso, todos ellos bajo el impulso de Trump.
Las formulaciones son de las que se recuerdan. América Latina reconvertida en el baño trasero, Europa en un museo sin marcos. Funcionan como imágenes y funcionan como argumento, que es lo que se le pide a un ensayo político escrito por una periodista y no por una académica.
Hay que señalar lo que el libro hace mejor, que es identificar el objetivo real de esta ofensiva. No es el feminismo en abstracto, ni las cuotas, ni el lenguaje. Es la infraestructura concreta: los presupuestos de las políticas sociales, los organismos de igualdad, los programas de atención a la violencia. Peker documenta cómo el desmantelamiento avanza por la vía administrativa mientras la discusión pública se entretiene en la batalla simbólica, y esa asimetría —el ruido en un sitio, la tijera en otro— es probablemente la aportación más útil del volumen.
Y hay que señalar también dónde flojea. El libro se mueve con una velocidad que a veces impide comprobar los engarces. La conexión entre el caso argentino y el español se afirma más de lo que se demuestra: hay afinidades ideológicas evidentes y hay contextos institucionales, electorales y sociales que no son equiparables, y el ensayo pasa de uno a otro con una fluidez que un lector exigente puede encontrar apresurada. Argentina tiene una historia de hiperinflación, de default y de descomposición de los partidos tradicionales que no se parece a la española, y esa diferencia importa para explicar por qué allí ganó lo que aquí todavía no ha ganado.
Hay además una cuestión de tono. Peker escribe con la urgencia de quien ha sido expulsada de su país por escribir, y esa urgencia le da al texto una temperatura que se agradece frente a la asepsia habitual del ensayo político. Pero la misma urgencia produce pasajes en que el diagnóstico se convierte en enumeración de agravios y la argumentación cede el sitio a la acumulación. Es un libro escrito con el pulso alterado, y se nota tanto en lo bueno como en lo malo.
El cierre propone una salida y aquí Peker se aparta del catastrofismo que domina este género. Sitúa la resistencia en los feminismos populares del sur global y en lo que ella llamó la revolución de las hijas, con una condición que formula sin ambigüedad: que los varones estén a la altura de la interpelación feminista en lugar de refugiarse en el resentimiento que la ultraderecha les administra. Es una apuesta discutible y ella la sabe discutible. Al menos la formula, que es más de lo que hacen la mayoría de los libros que se limitan a describir el desastre.
Se ha reseñado poco y se ha discutido menos, lo cual resulta significativo tratándose de un ensayo que interpela directamente a la política española. Quizá porque exige aceptar una premisa que incomoda a ambos lados: que lo que ocurre en Buenos Aires no es una anomalía sudamericana sino un ensayo general. Este es el tipo de libro al que merece la pena dedicarle una discusión larga, y en la que convendría que participara alguien dispuesto a contradecirlo con datos.
— Ana María Olivares








