La literatura sobre las migraciones contemporáneas ha ido consolidando en la última década un repertorio de procedimientos bastante reconocible: el testimonio en primera persona del que llega, la crónica del reportero embarcado, el relato de la travesía. Son formas legítimas y algunas han dado libros excelentes, pero comparten una limitación que rara vez se discute: todas presuponen que el lugar desde donde debe contarse esta historia es el propio trayecto. Taina Tervonen ha decidido contarla desde otro sitio, y ese desplazamiento constituye el hallazgo de Los vigías.
Errata Naturae lo publicó en febrero, en su colección El Pasaje de los Panoramas, con traducción de Iballa López Hernández. El original francés apareció el año anterior en Marchialy. Tervonen, escritora y periodista franco-finlandesa nacida en Espoo en 1973, ya había publicado en esta misma casa Las sepultureras y Los rehenes, dos libros que trabajaban también sobre la identificación de cuerpos y sobre lo que queda cuando alguien desaparece sin registro. Hay, por tanto, una continuidad de método y de obsesión.
El punto de partida es una imagen doméstica que la autora sitúa en su propio salón parisino: durante años, las trayectorias inciertas de embarcaciones salidas de las costas africanas atravesaban su pantalla mientras al otro lado de la ventana continuaba, imperturbable, la rutina de la ciudad. De ese contraste entre lo cercano y lo ignorado nace el libro. No de la indignación, que es un combustible que se agota pronto, sino de la extrañeza de que ambas cosas ocurran a la vez y en el mismo plano.
Los vigías del título son cinco personas —Marie Dupont, Saliou, Hervé, María y Marie Cosnay— que hacen, desde tierra y sin mandato de nadie, un trabajo que las instituciones no hacen. Con un teléfono móvil y unas cuantas redes sociales siguen embarcaciones en tiempo real, envían previsiones meteorológicas para evitar naufragios, se comunican con quienes van a bordo, alertan a los servicios de rescate, rastrean desaparecidos y acompañan a las familias en el proceso interminable de averiguar si alguien murió o simplemente dejó de escribir. Tervonen construye el libro sobre horas de conversación con ellos, y el resultado tiene más de retrato coral que de reportaje.
Conviene detenerse en la decisión formal, porque es donde el libro se juega su valor literario. La autora podría haber escrito una denuncia y no la escribe. Podría haber convertido a los cinco protagonistas en héroes y se abstiene con notable disciplina. Lo que hace es describir un oficio: las rutinas, las herramientas, el desgaste, las noches en vela, la contabilidad emocional de quien sabe que su llamada llegó tarde. El registro es sobrio, casi administrativo en algunos tramos, y esa sobriedad produce un efecto que el énfasis no habría conseguido.
Hay una tesis, sin embargo, y está formulada con claridad. Tervonen cuestiona la expresión crisis migratoria por deshumanizante, y lo argumenta: una crisis es un fenómeno, algo que sucede, y hablar así permite eludir la cuestión de la agencia. Su formulación es más incómoda. Se obliga a la gente a emprender la travesía, escribe, y se la obliga también a morir. La frase es dura y el libro se gana el derecho a decirla porque ha dedicado ciento sesenta páginas a mostrar el mecanismo concreto por el que una persona acaba en el agua.
Merece la pena subrayar un segundo argumento, menos frecuente en esta literatura. La pérdida, sostiene Tervonen, no afecta únicamente a quien desaparece ni a su familia: afecta a los países de origen, que se quedan sin relevo generacional, vaciados de las personas que estaban en condiciones de sostenerlos. Es una observación que desplaza el foco desde la compasión hacia la economía política, y agradece uno encontrarla en un libro que podría haberse conformado con conmover.
No todo alcanza la misma altura. Con ciento sesenta y ocho páginas y cinco voces, algunos de los retratos quedan más esbozados que desarrollados, y el lector termina con la impresión de que dos de ellos habrían sostenido un libro entero mientras que otros aparecen sobre todo para completar el mosaico. La brevedad, que en general favorece al conjunto, aquí resta densidad.
Queda, en cualquier caso, un libro necesario en el sentido preciso del término: hace visible una figura que no estaba en el relato público. Frente a la dicotomía habitual entre quien cruza y quien vigila la frontera para impedirlo, Tervonen introduce una tercera posición, la de quien mira para que alguien quede registrado. Son vigías en la acepción antigua de la palabra, la del que permanece despierto mientras los demás duermen. Que ese trabajo lo hagan cinco particulares con un móvil, y no los Estados que disponen de radares y satélites, es la conclusión que el libro deja instalada sin necesidad de enunciarla.
— Antonio Isidro Graña Ojeda








