Tengo por costumbre desconfiar de las palabras que se ponen de moda, y pocas se han manoseado tanto en los últimos años como la palabra libertad. La usan los políticos para vender humo y los publicistas para vender colonia, de manera que cuando un libro se atreve a cogerla por el cuello y preguntarle qué significa de verdad, uno levanta la vista del vaso y presta atención. Eso me ha ocurrido con la nueva novela de Najat el Hachmi.
La autora —que lleva ya unos cuantos libros demostrando que sabe mirar de frente lo que otros prefieren contar de perfil— hace aquí algo arriesgado: recupera una novela suya de juventud y la reescribe por completo. No es un refrito ni un oportunismo de catálogo. Es otra cosa, más difícil y más valiosa: la misma historia contada por quien ha vivido lo suficiente para entenderla. Lo que en su día pudo ser arrojo de principiante es ahora lucidez, y se nota en cada página.
La protagonista colecciona hombres. Se acuesta con todos los que se le ponen a tiro y está convencida de que en eso consiste su libertad, de que ahí están su placer y su independencia. Caza cuerpos como quien colecciona trofeos, segura de llevar el timón. Y entonces, fíjense ustedes, entra a limpiar la casa de un hombre que la observa y la escucha, y algo deja de encajar. A lo mejor —y aquí está el anzuelo de la novela— toda esa cacería no era más que una forma de huir de sí misma. A lo mejor el cazador llevaba todo el tiempo cazándose a ciegas.
El Hachmi no juzga a su protagonista ni la absuelve, que es lo más honrado que puede hacer un novelista con sus criaturas. Se limita a seguirla de cerca, a desmontarle por dentro el discurso de la emancipación para enseñar lo que hay debajo: una cultura que ha aprendido a vender la sumisión disfrazada de deseo propio. Y eso, señoras y señores, es lo verdaderamente incómodo del libro. No habla de la represión de siempre, la del cura y la vergüenza, sino de la trampa nueva, la que te convence de que estás eligiendo cuando en realidad te están empujando.
Lo hace además con una prosa que no se entretiene en adornos. Va al hueso. Frase corta cuando toca golpear, frase larga cuando toca pensar, y un pulso narrativo que no afloja en las poco más de ciento cincuenta páginas que dura. No sobra nada. Y en los tiempos que corren, en que tantos libros engordan a base de relleno, encontrar una novela que sabe exactamente cuándo callarse es casi un acontecimiento.
No esperen un panfleto ni una tesis con personajes de cartón colgados encima. Lo que hay es literatura: una mujer concreta, un cuerpo concreto, un deseo concreto puesto bajo una luz que incomoda. El Hachmi sabe que las grandes preguntas no se contestan con consignas, sino con historias que se te quedan dentro dando vueltas mucho después de cerrar el libro. Y esta se queda.
Léanla. Sin prejuicios, que es como hay que leerlo todo, y sobre todo sin la comodidad de pensar que el asunto va con otros. Va con todos. Va con la época entera, que ha confundido tantas veces el deseo con la obediencia que ya casi no sabe distinguirlos. Najat el Hachmi sí sabe. Por eso conviene leerla.
— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás








