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Orilla del absoluto: la poesía de Ignacio Eufemio Caballero

Orilla del absoluto: la poesía de Ignacio Eufemio Caballero

 

 

Hay poetas en que es muy nítida la raíz de la que se nutre su poesía, claro el lugar desde el que escriben. Aunque puedan darse variaciones temáticas, retóricas o de cualquier otro género a lo largo de su obra, siempre lo más manifiesto en ellos será ese fondo irrenunciable. Así nos parece que Ignacio Eufemio Caballero pertenece de algún modo a ese linaje de poetas. Quizá sea una afirmación demasiado aventurada para un joven poeta que acaba de publicar su segundo libro, Hijos del polvo, tras ofrecer su primer poemario Siempre promete amanecer (2004) ambos en el sello editorial Vitruvio. Pero esas dos obras muestran ya a las claras una raíz vital y poética, una forma de estar en el mundo que parece decisiva.

Digámoslo ya, se trata de la fe como vivencia fundamental que lo impregna todo, el sentimiento -y la certeza- de la trascendencia como experiencia central. No sabemos qué escribirá Ignacio en el futuro, pero si en su poesía está tan neta esta experiencia existencial, no nos parece descaminado suponer que esa fe ha sellado también su pacto con la escritura. Interesa, pues, explorar -si quiera brevemente- esa dimensión de la poesía, en modo alguno ajena a nuestra larga tradición literaria, ni, acaso, a nuestro presente. Basta recordar que los poetas más jóvenes incluidos en la antología Dios en la poesía actual (Adonaís, 2018) no son mucho mayores que Ignacio E. Caballero; antología “hermana menor” de la que con el mismo título hiciera Ernestina de Champourcín (BAC, 1970) y en la que se recorría el siglo XX desde Unamuno y Maragall hasta la generación de posguerra, pasando por el 27. Estos referentes nos ayudan a situar una tradición poética plural en la que lo religiosos no se reduce a la doctrina, ni a vagos misticismos, sino que encarna en lo humano, en esa humanidad que consiste en padecer la propia trascendencia, por decirlo con palabras de María Zambrano. Se trata de una búsqueda incesante de la medida de lo humano, a veces precisa en su dolor y sus anhelos, a veces desbordada.

Y es lo humano, propiamente, el territorio de la poesía de Ignacio, pues la fe y el sentimiento de trascendencia del que hablábamos son vivencia íntima, sentido primordial y lírico. Nada más humano que la muerte, no la propia en su apariencia espectral, sino la de los otros, la de los seres queridos. La de un abuelo es la experiencia que articula Siempre promete amanecer, que por momentos se convierte en una elegía contenida, en evocación y en exigencia de cuidar el recuerdo como forma de sostener la esperanza de la trascendencia. Por su parte Hijos del polvo, alude ya desde el título a la condición del hombre, a su levedad y efímera naturaleza terrenal, de ahí que la imagen de la peregrinación aparezca en seguida como una de sus claves. En buena medida este libro no es sino una meditación poética sobre la indigencia constitutiva del ser humano, su recóndita necesidad de alcanzar plenitud, verdad más allá de su contingencia terrenal y temporal. Lo reconocemos, por ejemplo, cuando el poeta afirma “No escribo desde mí” para decirnos que su voz es “plegaria quebrada” y  “eco de otras voces”. Y lo reconocemos también en la presencia de ciertos lugares que aun pertenenciendo a la geografía sentimental de Ignacio -Escocia, Castilla o Japón- se presentan como espacios propicios a una soledad meditativa, paisajes -digamos con Unamuno- del alma, porque en ellos se reconoce la propia finitud, porque su horizonte o su inmensidad sugieren suavemente la trascendencia.

Pero como no hay peregrinación que pueda hacerse verdaderamente a solas, no sólo los paisajes acompañan al poeta sino especialmente una serie de interlocutores, figuras elegidas, que van desde las formas de la temporalidad de la mitología nórdica, a las deidades sintoístas, héroes como Eneas, la literatura de Sigrid Undset o los valores épicos de Tolkien, haciendo, a la vez, bien explícita referencias a nuestra tradición literaria a través de figuras como Cervantes, Quevedo, Calderón o los místicos. Retablo heterogéneo pero convocado por el poeta por un sentido muy preciso del amor trascendente, el sacrificio y la entrega. Así, por ejemplo,  el sueño calderoniano es captado por el poeta en su ambiguo y enigmático sentido, sueño como apariencia de la realidad y sueño como atisbo de lo eterno:

 

“Y si toda la vida es sueño,

como un niño dormido entre los brazos del destino,

¡ayúdame a soñar más fuerte esta noche,

vestida de jazmín y estrellas,

en que los sueños, sueños sean”

 

Este motivo,profundamente enraizado en la espiritualidad de nuestro barroco -al igual que la figura misma de la peregrinación-  nos permite acceder a otra clave del libro como es la presencia del umbral. Si por un instante despojamos al sueño de su matiz psicológico, descubrimos que tanto metáfora como experiencia pertenecen necesariamente a la dimensión temporal del hombre, a la discontinuidad de su vivir frágil. Así creo que lo presenta nuestro poeta. Es decir, escribe desde esos límites, entre la tensión de un misterio que se busca y la apelación de lo visible y lo sentido a lo divino (“lo lejano es íntimo,/ “lo pequeño, inmenso”). Lo divino es entonces ese “fuego primordial”, amor que se manifiesta a la vez como intimidad y horizonte, eternidad fronteriza de toda forma temporal, anterior a todo pasado y posterior a todo porvenir. Presencia e intuición a la vez.

Se diría que toda la voluntad del poeta se dirige no a la mera contemplación de esos umbrales sino a la realización de cuanto insinúan, pues de algún modo todos los umbrales son uno y el mismo, “orilla del absoluto”. Si la lucha figurada del místico es “a brazo partido con Dios”, la de Ignacio se deja ver no sólo en las referencias épicas ya aludidas, sino sobre todo en su relación con la palabra poética, un trabajo de talla y depuración, esfuerzo por llevarla a una plenitud de sentido. Un trabajo con el lenguaje exigente y delicado, cifra de una conciencia plenamente arraigada en el poeta: la palabra es promesa y la poesía el medio privilegiado de darse.

 

Alfonso Berrocal

 

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