La hija que nadie quiso ver
Hay una costumbre que conservo desde mis tiempos de reportero —cuando todavía creía que el mundo se explicaba con un cuaderno y un par de preguntas incómodas— y es la de entrar en los museos como quien entra en un combate: con los ojos bien abiertos y la guardia en alto. En el Prado, concretamente, siempre acabo deteniéndome ante las mismas telas. No ante los Velázquez, que los tengo vistos y releídos hasta la médula. Me paro ante los Goya. Y dentro de Goya, siempre termino mirando las pinturas negras —esas bestias sombrías que pintó en la Quinta del Sordo cuando ya no le quedaba casi nada que perder— con la incomodidad de quien sospecha que hay algo detrás que nadie le ha contado.
Tenía razón en sospechar. Siempre la hay.
Sergio del Molino lleva años haciendo eso que pocos escritores saben hacer sin tropezar: entrar en los huecos de la Historia —en esos silencios que la Historia oficial rellena con alabanzas o con indiferencia— y sacar de allí a los que nadie quiso ver. En La hija lo hace con Rosario Weiss, señoras y señores. Con Rosario Weiss, que les juro que no suena a nada si uno no ha indagado, y que sin embargo fue la niña que creció junto a Francisco de Goya, que aprendió de su mano, que pintó bajo su tutela, y a quien la posteridad despachó con el gesto displicente que reserva siempre para las mujeres que tuvieron la mala ocurrencia de ser brillantes en la sombra de un genio.
El libro arranca en 1878 —cincuenta años después de la muerte del pintor— cuando un hombre llamado Juan Antonio Rascón llega a París a ver unos cuadros que resultan ser las pinturas negras, ya arrancadas de las paredes de la Quinta, ya convertidas en espectáculo exportable. Y al verlas, vuelve a él la memoria de Rosario: la muchacha que amó en su juventud, la discípula que fue algo más que discípula para Goya, el ser humano que la historia engulló sin masticar. Lo que Del Molino construye a partir de ahí es una de esas novelas que uno no sabe muy bien cómo clasificar —tampoco importa, clasificar es tarea de archiveros, no de lectores— porque es a la vez una investigación, una elegía y un acto de justicia literaria.
«Del Molino escribe como quien desentierra: con cuidado, con respeto y con la certeza de que lo que hay ahí abajo vale la pena.»
Del Molino escribe bien. Esto, que debería ser lo mínimo exigible y en cambio se ha convertido en rareza notable, se nota en cada página de este libro. No escribe bonito, que es otra cosa y a menudo peor: escribe con precisión, con ritmo, con ese dominio de la frase que sabe cuándo acortar y cuándo dejarse ir. Ha aprendido, o quizá siempre supo, que la erudición es una herramienta, no un adorno; que los datos históricos se meten en la narración como el plomo en una quilla, para dar estabilidad, no para hundirla. Y eso es lo que hace aquí: navegar con lastre, que es la única manera de navegar en aguas profundas sin volcarse.
Rosario Weiss nació en 1814, fue reconocida por la crítica de su tiempo como miniaturista de talento, y murió en 1843 sin que nadie —salvo algún especialista de los que cobran lo que merece el trabajo oscuro— le dedicase más de un párrafo en los libros de historia del arte. La razón es la de siempre: era mujer, era discípula, era la sombra junto al faro. Y como el faro era Goya, la sombra tenía que ser, necesariamente, invisible. Del Molino le devuelve el bulto. Le da espesor, voz, contradicción, amor y rabia. Le da, en definitiva, lo único que la literatura puede darle a los muertos: la posibilidad de que alguien los imagine vivos.
Hay quienes dirán que esto es ficción histórica, y no les faltará razón en el nombre. Pero eso es como decir que el mar es agua salada: verdad insuficiente que ignora las tormentas. La hija es, ante todo, una meditación sobre lo que se pierde cuando dejamos que la Historia cuente sola, sin que nadie le corrija los silencios. Y es, también, una novela de amor —no del amor sentimental y decorativo que tanto abunda, sino del amor como forma de conocimiento, del amor que obliga a mirar a alguien de verdad, hasta los huesos—. Rascón amó a Rosario. Del Molino ama a Rosario. El lector, si tiene un gramo de sensibilidad y dos de honestidad, termina también amando a Rosario.
Les diré una cosa más, porque este es el tipo de libro que merece más de una cosa: no recuerdo haber leído en mucho tiempo una novela española que manejase con tanta naturalidad el salto entre la historia menuda —la vida cotidiana, el gesto pequeño, la mirada de reojo— y la historia grande, esa que se escribe con mayúscula y que aplasta a los que no tienen nombre suficiente para resistirla. Del Molino hace ese salto con una elegancia que no presume de sí misma, lo cual es la única forma de elegancia que vale algo. Los que presumen son los que necesitan que se note. Los que saben, simplemente lo hacen.
Compren este libro. Léanlo con calma, sin prisas, que es como se merece todo lo que costó trabajo hacer. Léanlo sabiendo que detrás de cada cuadro que admiran en un museo hay un mundo que nadie les contó, lleno de personas que pintaron, que amaron, que sufrieron y que murieron sin que nadie les hiciera una exposición retrospectiva. Y si, al terminarlo, sienten la necesidad de volver al Prado y pararse un poco más ante Goya —no ante el genio, sino ante el hombre; no ante las pinturas, sino ante la historia que hay detrás— entonces Del Molino habrá conseguido exactamente lo que la buena literatura lleva siglos intentando conseguir: que el mundo parezca, por un momento, un poco más grande y un poco más justo de lo que es.








