Hay un tipo de novela negra que la prensa cultural trata con una ligera condescendencia: como si el género fuera un escalón inferior del que ciertos autores consiguen escapar de vez en cuando hacia algo más serio. Carlos Zanón lleva años desmontando esa jerarquía sin hacer mucho ruido. Objetos perdidos, que publica Salamandra, es la demostración más clara hasta ahora de que Zanón no está escribiendo dentro de un género: está usando el género como lo usan los escritores que saben lo que hacen, es decir, como una estructura que contiene una visión del mundo.
La novela no se contenta con los mecanismos del noir. Los usa, sí: hay investigación, hay violencia, hay una Barcelona que no aparece en las guías turísticas. Pero lo que interesa a Zanón no es el enigma en sí sino lo que el enigma revela sobre las personas que lo rodean. Esas personas están construidas con una densidad que obliga a tomárselas en serio. No son tipos. Son seres en situaciones concretas con historias concretas, y eso marca la diferencia.
Conviene decir desde el principio que esto no es una novela cómoda. La mirada de Zanón sobre la ciudad es la de alguien que conoce sus sombras no por haberlas investigado desde fuera sino por haberlas habitado. Eso produce una escritura que no busca la simpatía del lector, que no suaviza las aristas, que se niega a consolarlo. El noir de Zanón es incómodo de una manera muy específica: no porque sea oscuro, sino porque es verdadero.
La prosa ha afinado. Si Yo fui Johnny Thunders tenía la energía de un directo que a veces se pasaba de decibelios, Objetos perdidos tiene más control sin perder intensidad. Las frases son precisas. Los diálogos funcionan. El ritmo se sostiene a lo largo de una trama que tiene suficiente complejidad para no agotar su interés a mitad de camino.
Lo que la recepción de este libro ha tendido a pasar por alto —y que merece decirse con claridad— es su dimensión política. No en el sentido de que tenga mensaje explícito: Zanón es demasiado buen escritor para eso. Sino en el sentido de que la elección de a quién mostrar y a quién invisibilizar, de qué partes de la ciudad habitar y de qué historias considerar dignas de ser contadas, es siempre una decisión con consecuencias. Objetos perdidos cuenta historias que otros no cuentan. Eso es una postura.
Lleva más de dos meses en las librerías con una cobertura menor de la que merece. El noir español tiene en Zanón a uno de sus mejores practicantes, y este libro es su trabajo más sólido hasta la fecha. No sería la primera vez que un libro así encuentra a sus lectores por caminos distintos a los de los suplementos. Pero tampoco estaría de más que los suplementos hicieran su parte.
Este es el tipo de libro al que merece la pena dedicarle una discusión larga, y más de una.
— Ana María Olivares








