La narrativa de terror en lengua española ha encontrado en Agustina Bazterrica una voz que no se parece a ninguna otra. Desde Cadáver exquisito, la autora argentina demostró que el horror puede ser un instrumento de análisis social de primera precisión: no el horror como espectáculo, sino el horror como revelación de lo que la realidad ordinaria prefiere no mostrar. Diecinueve garras y un pájaro oscuro, su colección de relatos publicada por Alfaguara, confirma esa apuesta y la lleva, en sus mejores piezas, a un territorio de notable intensidad.
Conviene situarlo en su trayectoria. Bazterrica lleva años construyendo una obra que crece por acumulación y por afinación: cada libro ajusta algo de lo anterior, amplía el mapa de lo posible. El paso a la forma breve es significativo. El relato exige una economía de medios que la novela puede permitirse ignorar, y Bazterrica demuestra aquí que esa exigencia no le resulta una limitación sino una disciplina que le sienta bien. Las mejores piezas del volumen tienen la densidad de un poema largo: cada elemento está donde está porque no podría estar en otro sitio.
Lo interesante aquí reside en el modo en que Bazterrica articula el horror con lo cotidiano. No hay grandes escenografías sobrenaturales: el miedo surge de lo reconocible. Una casa, un trabajo, una relación. La amenaza no viene siempre de afuera; con frecuencia viene de adentro, de los mecanismos que usamos para organizarnos la vida y que, bajo la presión del relato, revelan su naturaleza más oscura. En ese procedimiento hay una deuda con la mejor tradición del fantástico latinoamericano —de Cortázar a Mariana Enríquez, pasando por Silvina Ocampo—, pero Bazterrica no imita: dialoga, y el diálogo la hace distinta.
No todos los relatos funcionan con igual eficacia. Hay piezas en que la idea excede la ejecución, momentos en que el símbolo se impone sobre la historia y la historia pierde densidad. Estos desequilibrios son minoritarios, pero merece la pena señalarlos porque el volumen habría ganado sin ellos. La selección podría haber sido más austera sin perder nada esencial.
La arquitectura narrativa de los mejores relatos muestra a una escritora que ha aprendido a controlar el tempo con una habilidad poco común. Sabe cuándo acelerar y cuándo dejar que la tensión se acumule en el silencio. Sabe que el horror más efectivo es el que no se explica del todo, el que deja al lector con una sensación que no puede nombrarse con precisión. Esa sensación, en los mejores momentos de este libro, es lo que queda cuando se cierran las páginas y uno descubre, con cierta incomodidad, que no es exactamente desagradable.
Lleva más de tres meses en las librerías sin la atención crítica que merece. El género al que pertenece —si es que a Bazterrica se le puede aplicar una etiqueta de género sin hacerle un flaco favor— sigue recibiendo en los suplementos culturales un trato desigual, condicionado por prejuicios que el trabajo de autoras como ella debería haber disuelto ya. Es, en definitiva, un libro que quedará, y que tiene más vida literaria de la que el circuito habitual de reseñas le ha concedido.
— Antonio Isidro Graña Ojeda








