La otra tarde andaba yo ordenando el cajón de abajo de la mesilla —ese cajón donde una mete las cosas que no sabe dónde poner y que, cuando lo abre años después, descubre que guarda su historia entera— y me di cuenta de que llevaba meses esquivando escribir sobre Han cantado bingo. No por pereza. Por eso que le pasa a una con ciertos libros: que prefiere quedarse un rato más con ellos antes de convertirlos en palabras. Como quien prolonga el café de la mañana sabiendo que en cuanto lo acabe tendrá que empezar el día de verdad.
Han cantado bingo lleva más de cinco meses en la lista de los más vendidos. Cuando digo esto con ese aplomo, soy consciente de que las cifras de ventas dicen poco sobre la literatura y mucho sobre la mercadotecnia, y que uno aprende pronto a desconfiar de ellas. Pero este caso es distinto. Lo sé porque lo he visto con mis propios ojos: el libro aparece en las estanterías de personas que no leen novela normalmente, en mesitas de noche de gente que no habla de libros en las cenas, en manos de señoras en el metro que lo leen con una expresión que uno solo ve en los lectores de verdad. Eso no lo fabrica ninguna campaña.
Lana Corujo ha escrito algo que le pasa a una por encima sin pedir permiso. Y lo digo así, con esa expresión tan poco académica, porque no sé cómo decirlo mejor. No es que el libro sea perfecto —no estoy segura de que los libros perfectos existan o de que, si existieran, merecieran la pena— sino que tiene esa cualidad extraña que tienen muy pocas novelas: la de saber exactamente a quién le habla y hablarle sin intermediarios.
El título viene de esa manera que tiene el bingo de anunciar que algo por fin ha salido. Esa mezcla de espera, de suerte y de voz pública. Uno lleva la cartulina en la mano, tacha números en silencio, y de repente hay que decirlo en voz alta para que cuente. La novela de Corujo funciona así. Sus personajes llevan cargando con algo durante mucho tiempo —años, décadas, vidas enteras—, y el libro es el momento en que eso sale. Sin drama, sin catarsis de manual. Con esa naturalidad quieta de las cosas que al fin se dicen porque no queda otro remedio.
Lo que me parece más admirable de este libro es la cadencia. Corujo no tiene prisa. Hay narradores que empujan a sus personajes hacia adelante como quien arrea al ganado, y hay narradores que se sientan con ellos y esperan. Esta escritora pertenece al segundo tipo, y en este momento de la narrativa española —donde todo tiene que ir rápido, donde la trama tiene que agarrar desde la primera página o el lector se va— eso es casi un acto de rebeldía. La novela respira. Los personajes existen antes de que pase nada. Eso es lo difícil.
He oído a algún lector decir que el libro empieza despacio, y supongo que tiene razón si uno lo mide con las novelas de ahora. Lo que no entiendo es por qué eso se dice como si fuera un defecto. Los mejores amigos también empiezan despacio. Las mejores conversaciones también. Hay cosas que solo funcionan si se les da el tiempo que necesitan, y la escritura de Corujo es de esas.
No voy a contar de qué va el libro, porque me parece que en este caso el argumento importa menos que la textura. Basta con decir que es una novela sobre gente que ha vivido mucho y que la literatura convencional rara vez retrata con la misma atención que dedica a los jóvenes. Corujo corrige eso. Sin reivindicación explícita, sin manifiesto, simplemente mirando donde la mayoría no mira. Y eso, que suena sencillo, requiere una honestidad que no todo escritor tiene.
El bingo no es solo un juego. Es saber esperar. Es confiar en que el número que llevas toda la tarde esperando va a salir antes de que te vayas a casa. La novela de Lana Corujo tiene esa misma fe tranquila en sus personajes, en el tiempo que les dedica, en los lectores que la van a acompañar hasta el final. Cinco meses en las listas dicen que los lectores le han correspondido.
Merece la pena dejarse encontrar por este libro. Especialmente si una lleva una temporada sintiéndose invisible.
— Ángela de Claudia Soneira








