Eva Baltasar ocupa en la narrativa española contemporánea una posición singular: la de quien ha construido, en tres novelas cortas, una voz tan reconocible que ha convertido la reconocibilidad misma en parte del proyecto literario. Permafrost, Boulder, Ocaso y fascinación: cada una de estas obras avanza en la exploración de una feminidad que el deseo desgasta y aclara a la vez. Peces, su cuarta novela —traducida del catalán Peixos con la misma solvencia que las anteriores—, continúa esa exploración sin repetirla.
La historia, reducida a su esqueleto argumental, cuenta la relación de una mujer con otra mujer durante un verano en la costa. Pero en Baltasar el esqueleto importa menos que la carne que lo recubre: la atención minuciosa al cuerpo, al paisaje, a los estados de un deseo que no pide permiso y que no se justifica ante nada. El mar es aquí un personaje funcional, no decorativo: estructura el tiempo, establece la distancia entre la narradora y lo que la rodea, y devuelve al texto una extrañeza que Baltasar sabe manejar sin convertirla en hermetismo.
La voz narrativa de Peces es, como en los títulos anteriores, deliberadamente desestabilizadora. La narradora observa más que actúa; cuando actúa, lo hace desde una compulsión que el texto registra sin explicar. Conviene detenerse en este punto, porque es donde el libro gana o pierde al lector según su disposición: Baltasar no proporciona las anclas emocionales que el lector medio espera de una narración sobre el deseo. No hay arco de transformación convencional, no hay aprendizaje en el sentido pedagógico del término. Hay, en cambio, una inteligencia narrativa que trata el deseo como una forma de conocimiento —oscura, incompleta, verdadera.
Merece señalarse el tratamiento del tiempo en la novela. Los días del verano no se suceden cronológicamente: se acumulan, se repiten, se deforman. Hay pasajes que recuerdan, en su estructura, a ciertos procedimientos de la narrativa francesa contemporánea —los libros de Annie Ernaux sobre el deseo, la escritura de Marguerite Duras en sus textos más depurados—, pero la voz de Baltasar tiene una opacidad propia que no se deja reducir a influencias.
No es, dicho esto, un libro sin costuras. Hay momentos en que la elipsis como procedimiento se sostiene sin dificultad; hay otros en que la misma elipsis produce un efecto de distancia que roza el agotamiento. La novela corta exige una economía extrema, y Baltasar la practica con convicción, pero esa convicción tiene un precio: quien no haya entrado ya en su mundo puede sentir que le cuesta ganar el umbral.
Es, en definitiva, una novela que quedará. Quedará porque Baltasar sigue afinando una forma de escribir sobre el deseo femenino que la narrativa en español necesitaba, y porque Peces demuestra que ese afinamiento no ha terminado.
— Antonio Isidro Graña Ojeda








