Hay un error frecuente al hablar de Samanta Schweblin y es el de describirla como una escritora de lo extraño. No lo es, o no exactamente. Lo que hace Schweblin no es introducir elementos insólitos en situaciones cotidianas para producir desconcierto. Lo que hace —y esto es mucho más difícil— es mostrar que la situación cotidiana ya era extraña antes de que llegara ella. El monstruo, en su literatura, no viene de fuera.
El buen mal es su nuevo libro y confirma que Schweblin sigue trabajando en la misma dirección con una precisión que no decrece. El título no es irónico ni paradójico: es descriptivo. Los personajes de estas páginas hacen el mal creyendo que hacen el bien, o hacen el bien sabiendo que produce mal, o no saben con certeza cuál de las dos cosas están haciendo. Esa ambigüedad no es un truco narrativo. Es la premisa de fondo que hace que sus libros sean literariamente incómodos y moralmente necesarios.
Se ha comparado a Schweblin con Flannery O’Connor, con Patricia Highsmith, con Kafka. Las comparaciones son inevitables y, como todas las comparaciones, inexactas. Lo que la distingue no es el género —terror, suspense, absurdo— sino la economía. Schweblin no gasta una palabra de más. Cada frase está puesta exactamente donde tiene que estar para que lo que sigue funcione. Esa disciplina, que se nota más en la relectura que en la primera lectura, es lo que convierte sus textos en algo que permanece.
La recepción de El buen mal en España ha sido la que le corresponde: seria, respetuosa, algo apresurada. Falta todavía una lectura que haga lo que el libro merece: detenerse en la estructura de cada relato —porque esto es, en su mayor parte, narrativa breve— y explicar cómo funciona el mecanismo. Cómo consigue Schweblin que algo parezca normal hasta que de repente no lo parece. La respuesta está en la frase, en la sintaxis, en el punto exacto en que el narrador decide mirar hacia otro lado.
No es un libro fácil de recomendar a quien busca una lectura tranquilizadora, y tampoco pretende serlo. Es un libro para quien entiende que la literatura tiene entre sus funciones más valiosas la de producir malestar productivo: la de dejar al lector con una pregunta que no existía antes de abrir la primera página. En El buen mal, la pregunta es simple y no tiene respuesta satisfactoria: ¿cómo sabes cuándo lo que crees que es bueno lo es de verdad?
Este libro se va a seguir leyendo. Y debería seguir discutiéndose con más detenimiento del que se le ha dedicado hasta ahora.
— Ana María Olivares








