Hay un tipo de novela que renuncia de antemano a la comodidad de lo pequeño y se propone abarcar el tiempo largo, el de las generaciones y los siglos. Es una apuesta arriesgada, porque la ambición, cuando no la sostiene una arquitectura firme, se derrama y se pierde por el camino. Missitalia, la segunda novela de Claudia Durastanti, pertenece a esa estirpe ambiciosa, y conviene decir desde el principio que su andamiaje resiste el peso que se le ha echado encima.
Durastanti llegó al lector español con La extranjera, aquel libro inclasificable entre la memoria y la novela donde quedó fijada una voz reconocible: atenta a los márgenes, a las lenguas que se pierden, a las vidas que no entran en el relato oficial. Missitalia continúa esa indagación, pero amplía de manera notable el campo: ya no una familia, sino un país entero mirado desde abajo y desde el sur.
El libro se organiza como un tríptico de tres mujeres separadas por más de un siglo. Amalia Spada vive al margen del revuelo durante los años de la Unificación italiana, en una casa horadada de túneles, en las tierras áridas de Lucania, que da cobijo a fugitivos y a muchachas sin linaje. Cien años después, Ada, una joven periodista romana, baja al sur con un grupo de antropólogos y cineastas en lo que empieza como expedición etnográfica y termina como investigación sobre el poder de la industria petrolera. Y en 2051, en una colonia lunar que replica el paisaje lucano, una mujer clasifica los restos de un mundo anterior y, enferma y nostálgica, emprende el regreso a la Tierra.
Lo interesante reside en que las tres son outsiders, mujeres que, aun cuando ejercen algún poder, viven en el filo de una marginalidad dorada: brillantes en su tarea, nunca en el centro. Conviene detenerse en cómo la novela las enlaza. No las une la sangre ni la peripecia, sino una misma posición ante la Historia, y ese mismo sur que persiste bajo el petróleo y bajo el polvo lunar. La construcción, articulada con paciencia, evita que el salto de los siglos se convierta en truco: cada tiempo dialoga con los otros sin necesidad de subrayarlo.
Hay en el fondo una mirada que recuerda a la tradición que va de Pasolini a Alice Rohrwacher, esa atención al sur como territorio expoliado y a la vez cargado de un sentido que el progreso no alcanza a comprender. Durastanti recorre el desierto del avance capitalista de los dos últimos siglos, de las ruinas del petróleo a la colonización del espacio, sin caer en la denuncia fácil ni en la nostalgia.
No todo está al mismo nivel, conviene decirlo: el tramo futurista exige del lector una confianza que las dos primeras partes han ganado con creces, y alguna costura se nota en ese tránsito. Pero es el riesgo propio de las obras que se atreven, y aquí el riesgo está calculado. Es, en definitiva, una novela que se sostiene en su ambición y que quedará, sobre todo, por la firmeza con que ha sabido construir esa genealogía de mujeres a contracorriente que la Historia prefería no mirar.
— Antonio Isidro Graña Ojeda








