La otra tarde me sorprendí mirando el teléfono más rato del que me conviene reconocer, esperando un mensaje que no tenía ninguna razón para llegar. Y me acordé de esta novela de Carla Nyman, que llevaba días instalada en casa como una visita que no termina de marcharse. Me pasa con los libros que me importan: se quedan a vivir un tiempo entre la cocina y el sofá, y una los va contestando por dentro mientras hace otras cosas, mientras pone la lavadora o mira por la ventana.
El valle del silicio cuenta la historia de una mujer encerrada en su piso, en mitad de una crisis que es de identidad y también de todo lo demás: del trabajo, de las ganas, de la manera de estar en el mundo. Se gana la vida corrigiendo manuscritos de ciencia ficción para una editorial, que ya me parece un oficio hermoso y un poco triste, el de arreglarle a otros los futuros que imaginan. La acompaña un perro al que ha llamado Averroes, y confieso que por ese perro filosófico le cogí cariño al libro antes incluso de saber bien de qué iba.
De qué va, en realidad, cuesta resumirlo sin estropearlo. Un día la narradora empieza a recibir mensajes de alguien que firma SamuelPearce y que lo mismo es un usuario cualquiera que una inteligencia artificial o una estafa de las de siempre con ropa nueva. Los mensajes mezclan promesas de transhumanismo, eso de vivir para siempre y dejar atrás el cuerpo, con amenazas veladas, y a ella la van arrastrando a un estado de enamoramiento febril hasta que decide soltarlo todo, su vida mediocre incluida, y salir a perseguir esa voz por el ciberespacio.
Escrito así suena a novela de tecnología, y no es eso lo que a mí me ha llegado. Lo que Nyman cuenta, por debajo del capitalismo digital y del misticismo de internet y de toda esa cultura de hombres solos y resentidos que asoma en el libro, es algo mucho más antiguo: las ganas de que alguien nos mire y nos salve. La soledad de una persona en un piso, esperando. A una le pasa que reconoce esa espera aunque no haya perseguido nunca a nadie por ninguna pantalla. Y ahí está el mérito, me parece: que la autora coge lo más nuevo que tenemos, las voces que no sabemos si existen, los cuerpos que quieren dejar de ser cuerpo, y lo llena de una emoción vieja como el mundo.
No es un libro cómodo, aviso. Hay páginas que dan un poco de vértigo, porque Nyman no suaviza el deseo ni la desesperación de su narradora; los deja crudos, y a veces incómodos, como conviene. Pero está escrito con una voz tan viva, tan pegada a la piel, que una sigue leyendo aunque le pique. Se nota que detrás hay una escritora que se está jugando algo. Carla Nyman nació en Palma en 1996 y ya había publicado Tener la carne; con esta segunda novela confirma que tiene una forma de mirar que no se parece a la de casi nadie de su edad, y eso, en un panorama donde tanto libro se parece a otro, se agradece muchísimo.
Pienso, mientras escribo esto, en cuánta gente conozco que vive un poco como la narradora: pendiente de una notificación, buscando en una pantalla la conversación que no encuentra en la cocina. No lo digo con superioridad, que conste, porque yo también miro el móvil más de la cuenta. Lo digo porque los buenos libros sirven para eso, para devolvernos una imagen nuestra que no habíamos querido mirar de frente. El valle del silicio es de esos. Habla de la extinción y de la inmortalidad y de la inteligencia artificial, sí, pero en el fondo habla de nosotros ahora mismo, esta tarde, con el teléfono en la mano.
Lo cerré con esa sensación rara de haber leído algo del presente, algo que todavía está pasando ahí fuera, en la calle y en las casas. Y me quedé pensando en Averroes, el perro, que es en toda la novela lo único que no necesita una pantalla para acompañar. Quizá por eso me ha gustado tanto. Merece la pena que se dejen encontrar por este libro incómodo y hermoso, y que después, si pueden, levanten un rato la vista. Aunque sea solo para mirar a un perro.
— Ángela de Claudia Soneira








