Libros y LecturasReseñas y Crítica

Psicopompo, de Amélie Nothomb. La escritora que se levanta a las cuatro para hablar con sus muertos

La otra mañana me desperté a las cinco por culpa de los vencejos. Chillan en el patio de luces con una insistencia que no admite discusión y, mientras esperaba a que el sueño volviera —no volvió—, me acordé de que Amélie Nothomb escribe de cuatro a ocho de la mañana, todos los días, desde hace más de tres décadas. Me la imaginé a esa hora en la que la ciudad todavía no ha decidido si va a empezar, y pensé que hay que tener un trato muy particular con el mundo para elegir precisamente ese tramo: el tramo en que, si una se despierta, se despierta acompañada de sus muertos.

De eso trata Psicopompo, que Anagrama publica en traducción de Sergi Pàmies. Los psicopompos son las figuras que en la mitología guían a las almas al más allá: Hermes, y también Orfeo por aquel descenso al Hades del que todos hemos oído hablar aunque casi nadie recuerde bien cómo acaba. Nothomb se apropia de la palabra sin pedir permiso y la usa para explicarse a sí misma. Escribir sería eso: hacer de puente entre los vivos y los muertos, bajar y volver con algo en las manos. Es una definición ambiciosa para un libro de ciento cuarenta y cuatro páginas que se lee en una tarde larga.

Empieza en Japón, con la leyenda de la mujer grulla que ella escuchó a los cuatro años. Después viene lo que ya se sabía de su biografía y que aquí se ordena por primera vez sin la coartada de la novela: la infancia nómada detrás de los destinos diplomáticos del padre, China, Nueva York, Bangladés, Birmania, Laos. Una infancia que en el papel suena a folleto de agencia y que en el libro es más bien un inventario de despedidas. A los niños que se mudan cada tres años no les preguntamos nunca qué hacen con lo que van dejando atrás. Yo me crié en el mismo barrio hasta los veinte y todavía sueño con el portal; no consigo imaginarme qué se sueña cuando los portales han sido seis y en cuatro idiomas distintos.

Los pájaros están en todas partes, y no como adorno. Son la obsesión que vertebra el libro y son, más que eso, su manera de decir quién es ella. Hay un pasaje de los años de China en el que me he quedado detenida un buen rato: el afán exterminador de Mao había diezmado la población aviar del país y solo quedaban los cuervos. Una niña europea en un patio de Pekín mirando hacia arriba, y arriba solo cuervos. No hace falta que nadie explique nada más. Está todo dicho, y está dicho además sin una sola línea de denuncia, que es la manera elegante de contar la historia grande metiéndola en un detalle chiquito.

En el centro del libro hay dos cosas duras. La agresión sexual en grupo que sufrió a los doce años en una playa de Bangladés y la anorexia que vino detrás y que la dejó al borde de morirse. Nothomb las cuenta y no las cuenta: elide, desplaza, sublima. La agresión aparece figurada como unas manos que llegan del mar; la anorexia, como un caballo de Troya que una misma se mete en casa. Se leen esas páginas con el cuerpo encogido y, a la vez, con la sensación de estar mirando por una rendija cuya abertura ha decidido milimétricamente la autora.

Y ahí está lo más interesante, lo que llevo rumiando desde que lo terminé. Lucía Hernández-Canut escribió en El Debate que «como todas las confesiones, Psicopompo desarma, y desarmar a la crítica es también, en parte, blindarse contra ella», y me parece una observación finísima. Contar lo peor en metáfora protege dos veces: protege a quien lo cuenta del dolor de nombrarlo y protege al libro de que alguien se atreva a discutirlo. No sabría decir si Nothomb lo hace a propósito. Sospecho que a estas alturas ya ni ella distingue.

A los diecisiete se instaló en Bruselas y empezó a escribir. Desde entonces publica un libro al año, con una regularidad que en cualquier otro oficio llamaríamos disciplina y que en el suyo ha servido a veces para restarle mérito, como si escribir mucho fuese sospechoso de algo. Conviene avisar de que esto no es autoficción ni es novela, porque quien llegue buscando el juego de Estupor y temblores se va a encontrar otra cosa: un texto declarativo, cronológico, que avanza en línea recta y que hacia el final se va deslizando hacia el ensayo casi sin pedir permiso. Quien leyera Primera sangre, el libro que dedicó a su padre después de morir este en 2020, reconocerá enseguida el gesto: contar a los suyos para poder seguir.

Lo cerré ya de noche y volví a acordarme de los vencejos de la madrugada. No estoy segura de que escribir sirva de verdad para traer a nadie de vuelta; me temo que no. Pero algunos libros se colocan en ese sitio incómodo que hay entre lo que se perdió y lo que todavía está aquí, y se quedan ahí quietos, sin pedir nada. Este es uno de ellos. Léanlo despacio, que es corto y engaña.

— Ángela de Claudia Soneira

Noticias relacionadas

El valle del silicio, de Carla Nyman. Un piso, un perro y una pantalla que promete otra vida