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El taller negro, de Annie Ernaux. Lo que se guarda antes de que sea libro

Hay libros que la crítica coloca automáticamente en la categoría de los «documentos» —útiles para entender la obra mayor, secundarios por sí solos— y El taller negro corre ese riesgo. Sería un error. El diario de trabajo de Annie Ernaux que publica Cabaret Voltaire no es un apéndice de su bibliografía. Es, si se lee con atención, uno de los textos más honestos que ha escrito sobre lo que significa escribir sin red.

Ernaux lleva décadas construyendo una obra basada en un principio aparentemente sencillo: la memoria personal como material político. Desde La place hasta Los años, sus libros han convertido la vida de una mujer de clase obrera en Francia en un testimonio de lo que la literatura puede hacer cuando decide no mirar para otro lado. El taller negro es el reverso de todo eso: el lugar donde esos libros todavía no existen, donde solo hay dudas, fragmentos, frases que no llegan a ningún sitio y otras que de repente lo dicen todo.

Conviene decir desde el principio que esto no es un libro sobre técnica narrativa. No encontrarán aquí consejos ni un método. Lo que encontrarán es algo más perturbador: la imagen de una escritora que no sabe, en el momento en que escribe el diario, si lo que está haciendo llegará a algún sitio. La incertidumbre no es pose. Es la condición de trabajo.

Se ha dicho que El taller negro es una rareza en la obra de Ernaux porque expone el proceso cuando ella siempre ha mostrado el resultado. Hay razón en eso, pero hay que añadir algo: el proceso que muestra aquí no es ordenado ni pedagógico. Es caótico, repetitivo, lleno de callejones sin salida. Ernaux no escribe sobre cómo se hace un libro bueno. Escribe sobre cómo se pasa el tiempo antes de que el libro exista, cuando todavía podría no existir nunca.

La recepción española del libro ha sido más discreta de lo que merece. Algunos críticos lo han tratado como un documento de fan para los ya convencidos. Es exactamente al revés: es un buen punto de entrada para quien todavía no ha leído a Ernaux, porque muestra la raíz de todo lo demás. Y para quien ya la conoce, ofrece la satisfacción extraña de ver desde dentro cómo se construyó lo que uno pensaba que simplemente había ocurrido.

No es un libro cómodo. Tampoco pretende serlo. El taller negro es un recordatorio de que la escritura literaria seria —la que no fabrica sino que descubre— tiene más en común con el trabajo manual que con la inspiración. Y que esa verdad, a estas alturas, sigue siendo necesario decirla.

— Ana María Olivares

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