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Territorio. Poesía reunida, de Álvaro Valverde. Cuarenta años para decir lo que ya sabías

Hay una costumbre que tengo desde hace años y es la de entrar en la poesía española como quien entra en un cuarto a oscuras donde sabe que hay muebles pero no sabe dónde están. Uno va despacio, tanteando, esperando el golpe. Eso me pasa con muchos poetas. Con Álvaro Valverde no me pasa. Con Valverde uno entra y encuentra todo en su sitio, con esa luz justa que no deslumbra ni deja a oscuras. Y eso, que parece una cosa pequeña, es lo más difícil de hacer en poesía.

Territorio, que reúne cuarenta años de trabajo —desde 1985 hasta ahora—, es el libro que estaba esperando. No porque no conociera a Valverde. Lo conozco bien, o creo que lo conozco. Pero una cosa es seguir a un poeta a lo largo del tiempo y otra ver de golpe todo el terreno que ha recorrido. Ahí cambia la perspectiva. Lo que en un libro suelto parecía un poema sobre el paisaje extremeño se convierte aquí en una pieza de una arquitectura más larga, y uno entiende de repente que Valverde lleva cuarenta años construyendo la misma cosa: un lenguaje para nombrar lo que se ve cuando uno mira despacio.

Este poeta, señoras y señores, no tiene prisa. Nunca la ha tenido. Y en un mundo literario donde todo el mundo corre —hacia el premio, hacia el titular, hacia la controversia que vende— esa calma es casi una postura política, aunque él probablemente la llamaría de otra manera. Valverde escribe como se cultiva la tierra en Extremadura: sabiendo que el tiempo es el que es, que las cosas crecen a su ritmo, y que meterle prisa al proceso es la mejor manera de estropearlo.

Me detuve mucho en los poemas de los primeros libros, los de finales de los ochenta y los noventa, que aquí se leen con la ventaja de saber lo que vino después. Hay una coherencia asombrosa. No es que Valverde no haya cambiado —ha cambiado, y se nota—, pero los cambios son de hondura, no de dirección. El territorio del título no es una metáfora vaga. Es literal: el paisaje de Extremadura, la tierra, el frío, la luz de enero sobre el campo. Y es también, desde siempre, un territorio interior. Valverde ha sido fiel a ambos y los ha mantenido unidos sin que se estorben.

Tusquets ha hecho bien en publicar esto ahora. La poesía reunida de un autor vivo es siempre un riesgo —da la impresión de que se está cerrando algo que todavía está abierto— pero aquí funciona porque el propio Valverde parece entender que no es un balance sino una estación de paso. El libro no cierra nada. Abre perspectiva.

Compren este libro si les importa la poesía española de verdad, no la que hace ruido sino la que dura. Léanlo con calma, que es como se merece. Y si les parece que empieza despacio, es que están leyendo bien.

— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás

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