Permítanme ser directo, que es lo único que sé hacer cuando un libro me importa. Hay títulos que llegan a uno con la reputación ya construida, con el aparato crítico enfilado, con los premios apilados como sacos en una trinchera. Luego están los que te buscan por otro camino —recomendados por alguien de confianza, sin aspavientos, casi en voz baja— y esos son los que suelen quedarse más tiempo. Dónde puedo dejarlo, de la escritora chilena Alejandra Costamagna, llegó a mis manos así.
Costamagna es finalista al Premio Herralde, y el jurado tuvo razón en señalarla. Pero más que el galardón —los galardones los tiene todo el mundo— lo que me interesa de este libro es lo que hace por dentro. Es una novela sobre el duelo y la maternidad, ya lo habrán leído en otras partes. Lo que quizás no les hayan dicho es que Costamagna no trata ni el duelo ni la maternidad como lo que uno esperaría: materiales de novela íntima, confesional, de esas que te piden que llores en las páginas pares. No. Esta mujer escribe con una frialdad calculada que en realidad es calor contenido —una de las operaciones más difíciles en narrativa— y el resultado es un libro que te incomoda de una manera muy específica y muy útil.
La pregunta del título —dónde puedo dejarlo— es una pregunta que la novela no responde. La lanza y la deja volar. No diré a qué se refiere exactamente: no es del tipo de novelas que soporta bien los resúmenes de argumento. Lo que sí puedo decirles es que esa pregunta va cambiando de significado según avanza el libro, y que en el último capítulo tiene un peso que no tenía al principio. Eso es escritura.
La literatura latinoamericana lleva años produciendo voces femeninas de primera fila. No sé por qué seguimos sorprendiéndonos cuando aparece una más. Costamagna no es nueva —lleva tiempo publicando y siendo leída entre quienes saben buscar— pero este libro puede abrirle un público más amplio, y se lo merece. Hay en su prosa una austeridad que al principio puede desconcertar y que después se vuelve indispensable. Como esas personas calladas que al final resultan ser las más interesantes de la habitación.
Léanlo. Sin prisa, que es como se leen las novelas que tienen algo que decir.
— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás








