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Todo por la patria, de Martín Caparrós. Una saga que empieza a exigir atención

Se ha presentado Todo por la patria como el regreso de Martín Caparrós a la ficción. La descripción es correcta y, al mismo tiempo, insuficiente. Caparrós no vuelve a la novela desde un punto de partida neutral: vuelve con décadas de crónica y de periodismo narrativo a sus espaldas, con una forma de ver el tiempo y la historia que no es la de un novelista convencional. Eso se nota en este libro, y es lo más interesante de él.

Todo por la patria es el primer volumen de una saga que arranca en la Buenos Aires de los años treinta. El espacio y el tiempo no son inocentes: la Argentina de entreguerras, con su mezcla de modernización acelerada, inmigración masiva y tensiones políticas que ya apuntan lo que vendrá, es un escenario que la novela histórica latinoamericana lleva tiempo esquivando sin buenas razones. Caparrós no lo esquiva. Lo mira de frente y con la curiosidad de quien sabe que la historia no es un decorado sino una estructura que determina quiénes pueden ser sus personajes.

Lo que hace bien el libro es construir ese Buenos Aires sin caer en la postal. Las calles, los bares, los conventillos, los debates políticos en que se juega la vida: todo está ahí con una textura que convence, y convence porque detrás hay investigación, pero también porque Caparrós sabe que el archivo no basta si no hay una mirada que lo organice. La mirada está.

Hay que decir también lo que el libro no termina de resolver. El primer volumen de una saga carga siempre con la tarea de presentar y de prometer más de lo que puede entregar en sus propias páginas. Todo por la patria cumple la primera parte con solvencia, pero la segunda es aún una promesa. Los personajes están bien trazados, el conflicto central es sólido, pero el libro cierra en un punto que deja al lector sin la satisfacción de un arco completado. Eso es una apuesta, no un defecto, pero conviene saberlo antes de empezar.

Caparrós ha pasado años contando el presente. Ahora cuenta el pasado para que se entienda mejor. La operación tiene sentido y tiene ambición. Este es el tipo de proyecto al que merece la pena seguirle la pista.

— Ana María Olivares

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