Hay una costumbre que tengo desde hace mucho tiempo, que es la de leer poesía muy despacio y en silencio, sin hacer nada más. No porque la poesía exija ritual —o no siempre— sino porque la poesía que merece ese nombre no se deja apresar de otra manera. Se escurre. Y eso que se escurre cuando uno va deprisa es, casi siempre, lo único que importaba.
Irene X es una de las voces más serias y más incómodas de la poesía española contemporánea, y Tanto amor —su nuevo libro— es un título que desde que vi impreso en la cubierta me pareció de una valentía particular. Porque el amor, señoras y señores, es el territorio donde más mentiras se dicen en literatura, donde más se citan versos ajenos en lugar de escribir los propios, y donde más fácil resulta confundir el sentimiento con el poema. Irene X no comete ninguno de esos errores.
Lo que hace en Tanto amor es recorrer el amor —todas sus formas, no solo las amables— con esa voz que la ha situado entre lo mejor que se publica en España en este género: confesional en la medida justa, feroz cuando hace falta, tierna sin melaza. Es una poesía que se escribe desde las entrañas pero que pasa por el cerebro antes de llegar a la página. No siempre ocurre eso. De hecho, ocurre bastante menos de lo que la crítica reconoce.
Les digo una cosa: hay poetas que uno lee y piensa que están haciendo exactamente lo que la poesía les pide. Irene X es una de ellas. Cuando el poema le exige franqueza absoluta, la da. Cuando le exige detenerse en una imagen porque esa imagen no ha terminado de decir lo que tiene que decir, se detiene. No hay aquí esa prisa editorial que convierte algunos libros de poesía en catálogos de buenos momentos sueltos: esto tiene arquitectura. Uno puede leerlo por partes, claro, como se leen casi todos los libros de poemas, pero también puede leerlo de cabo a rabo y notar que hay algo que crece.
El amor que aparece en Tanto amor es, hay que decirlo, poco confortable. No es el amor que aparece en las antologías de lectura fácil, el que sirve para dar consuelo o para decorar una tarjeta. Es el amor que duele, el que uno no siempre sabe nombrar bien, el que tiene componentes de obsesión y de pérdida y de algo que no termina aunque uno quisiera que terminara. Irene X escribe desde ahí —desde ese punto en que el amor ya no se distingue bien de sus consecuencias— y lo hace sin quejarse ni pedir lástima. Eso tiene mucho mérito. Más de lo que parece.
La poesía española lleva años produciendo libros buenos y discretos. Irene X rompe esa discreción, no para escándalo sino para verdad. Tiene —y esto no se dice con facilidad de cualquier poeta— una voz propia de verdad, no construida por acumulación de influencias sino reconocible desde el primer verso. Tanto amor confirma lo que sus libros anteriores prometían: que esta voz va a seguir creciendo durante mucho tiempo.
Tanto amor es un libro que incomoda un poco y que hace falta que incomode, porque la poesía sin incomodidad no es poesía: es decoración con líneas cortas.
Léanlo. Y si pueden, léanlo dos veces.
— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás








