Hay libros que uno empieza a leer de noche, con la intención de llegar hasta el final del capítulo y nada más, y que a las dos horas siguen abiertos sobre la mesita porque uno ha entrado en ellos como en una conversación que no quiere interrumpir. En todo hay una grieta y por ella entra la luz, de Patricio Pron, es uno de esos.
El título es largo y un poco difícil de decir de corrido —ya lo advertí la primera vez que lo recomendé en voz alta y me trabé a la mitad—, pero el libro que hay dentro justifica ese pequeño esfuerzo. Pron, escritor argentino afincado en España desde hace años, construye aquí algo que no es exactamente una novela, ni exactamente un ensayo, ni exactamente una autobiografía: es todo eso mezclado con la misma naturalidad con que uno pone cosas en una mochila cuando sale de viaje sin saber del todo a dónde va.
El narrador recibe el encargo de escribir la biografía de Benjamin Fondane, poeta y cineasta rumano que vivió en París, fue testigo del surrealismo, rodó una película en Buenos Aires y murió en Auschwitz en 1944. Alrededor de esa búsqueda, Pron va abriendo otras: la de cómo se escribe en tiempos de colapso, la de qué hacer con el duelo, la de cómo sostener la esperanza cuando los titulares empujan en sentido contrario. El libro transcurre en una Nueva York oscura, sacudida aún por la pandemia y por el regreso de Trump, y ese fondo contagia las páginas con una urgencia que no decae.
A mí lo que más me ha llegado es la honestidad con que Pron trata el miedo. No el miedo grande, el de las novelas donde hay guerra o catástrofe, sino ese miedo cotidiano de quien escribe y se pregunta para qué, de quien busca rastros de alguien borrado por la Historia y se da cuenta de que los borrones se multiplican. Hay algo muy Sebaldiano en el modo en que las notas al pie se convierten en otro libro dentro del libro, pero sin que se note el artificio, que es lo más difícil.
Una se lleva de este libro muchas cosas. Yo me llevo a Fondane, a quien no conocía, y las ganas de buscarlo. Y me llevo también la sensación de haber leído a alguien que escribe como si le fuera algo importante en ello. Esa sensación, cada vez más escasa, vale mucho.
Merece la pena que se dejen encontrar por este libro. Y si se trabuca con el título al recomendarlo, no pasa nada. Ya lo entenderán cuando lleguen al final.
— Ángela de Claudia Soneira








