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Arca, de Ricardo Menéndez Salmón. La memoria de las cosas y el oficio de exhumar

La literatura lleva siglos sospechando que los objetos guardan memoria. De los relicarios medievales a las casas encantadas del gótico, de la magdalena proustiana a los cuartos cerrados de Henry James, la ficción ha vuelto una y otra vez sobre la idea de que la materia retiene aquello que los hombres olvidan, y de que basta un roce, un olor o una luz determinada para que el pasado vuelva a suceder. Arca, la nueva novela de Ricardo Menéndez Salmón, se instala en esa tradición sin disimularlo, aunque lo hace con una ambición formal que la aparta enseguida del repertorio fantástico al que en apariencia pertenecería.

Menéndez Salmón (Gijón, 1971) llega a este libro tras un recorrido de casi tres décadas que arrancó en La filosofía en invierno (1999), se afirmó con los relatos de Los caballos azules (2005) y La noche feroz (2006), y encontró su articulación más reconocible en la Trilogía del mal —La ofensa (2007), Derrumbe (2008), El corrector (2009)—, aquella indagación sobre la violencia contemporánea que lo situó entre los narradores más exigentes de su generación. Después vinieron La luz es más antigua que el amor (2010), Medusa (2012), Niños en el tiempo (2014), El Sistema (2016), con el que obtuvo el Premio Biblioteca Breve, y No entres dócilmente en esa noche quieta (2020). Arca, publicada ahora en esa misma Biblioteca Breve y con sus cuatrocientas setenta y dos páginas, es con diferencia el libro de mayor envergadura de cuantos ha escrito, y la editorial no ha dudado en presentarlo como su obra más ambiciosa.

El narrador es un hombre que en la adolescencia descubrió que le bastaba tocar un objeto para ver lo ocurrido a su alrededor. El don, que en manos de otro autor habría dado una novela de género sin más consecuencias, se convierte aquí de inmediato en oficio y en servidumbre: la ley recurre a él para cerrar crímenes que nadie sabe resolver, y las empresas privadas lo alquilan para asuntos menos confesables. Uno de esos encargos, el del fondo de inversión Hägen-Schulz, lo lleva a Venecia tras el rastro de un empleado desaparecido en Ca’ Barbarigo, palacio levantado en 1550 en cuyos salones se han acumulado, siglo sobre siglo, amores, traiciones, asesinatos, venganzas y abandonos. La casa, más que el desaparecido, es el verdadero archivo que el protagonista debe leer.

Conviene detenerse en el modo en que el libro administra sus dos planos. Mientras el narrador intenta averiguar qué relación existe entre los secretos del palazzo y la desaparición del empleado, Venecia se enfrenta a un cataclismo sin precedentes que la novela no se apresura a explicar y que parece anunciar el fin de los tiempos. Esa simultaneidad —la investigación minuciosa de un pasado privado y el derrumbe general de un mundo— es la decisión estructural más arriesgada del libro y también la más fértil, porque obliga al lector a sostener a la vez la escala de lo íntimo y la de lo apocalíptico sin que ninguna anule a la otra. A ello se suma la aparición de Boglarka, una pintora a la que el protagonista conoce primero como presencia espectral, y dos grandes viajes de los que solo uno transcurre por el espacio; el otro, el decisivo, sucede en otra parte.

Seis años ha empleado el autor en escribir esta novela, y en una conversación con Infobae, el pasado 28 de febrero, definió la literatura como «un gran mecanismo de exhumación», emparentado con la videncia, y equiparó sin rodeos el don de su protagonista con el oficio del escritor. La declaración vale como poética del libro entero: el prodigio no es un artificio narrativo, sino una figura del trabajo mismo de novelar, que también consiste en tocar las cosas para averiguar qué han visto. Lo interesante aquí reside en que Arca no se conforma con proponer la analogía, sino que la somete a examen y muestra su reverso, pues quien exhuma también profana, y quien vive dentro del pasado de los otros acaba inhabilitado para tener uno propio.

La editorial sitúa el libro en la estela de Kafka, Beckett y Orwell, y la invocación, siempre incómoda cuando la formula quien vende, resulta menos desmedida de lo que cabría temer si se entiende referida al procedimiento y no al resultado: hay en la novela un tribunal invisible, una espera que se prolonga y una amenaza administrada por instancias sin rostro. Santos Sanz Villanueva ha señalado que Menéndez Salmón persevera en un proyecto narrativo de fondo moral, orientado a ilustrar y a denunciar la deriva perniciosa de lo humano, y el juicio se sostiene también en estas páginas: el fondo de inversión que contrata al vidente no es un decorado, sino el modo más eficaz que ha encontrado el autor de nombrar a un poder capaz de comprar la memoria ajena como compraría cualquier otra materia prima.

No todo en un libro de esta extensión mantiene idéntica tensión, y hay tramos en que la erudición veneciana y la voluntad de abarcar amenazan con desbordar el cauce del relato; quien llegue buscando la concisión seca de La ofensa encontrará otra cosa. Pero la ambición está justificada, porque la arquitectura sostiene lo que promete y la prosa, contenida donde otros se habrían dejado llevar, evita el pintoresquismo que Venecia impone casi siempre a quien la escribe. Arca es, en definitiva, una novela que se atreve a preguntar qué queda de nosotros en las cosas que hemos tocado, y que responde sin ofrecer consuelo. Si la literatura es de veras una forma de exhumación, este libro deja la fosa abierta el tiempo suficiente para que veamos lo que hay dentro.

— Antonio Isidro Graña Ojeda

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