Permítanme empezar por donde suele terminarse. Hoy casi cualquiera puede publicar un libro: hay plataformas que permiten colgar un texto en cuestión de minutos, hay autopublicación, hay redes donde uno se fabrica sus propios lectores sin pedirle permiso a nadie. Y sin embargo, señoras y señores, seguimos midiendo el hecho de publicar exactamente igual que hace cincuenta años. Seguimos diciendo que a uno lo han publicado con un brillo en los ojos que no tendría el menor sentido si publicar estuviera de verdad al alcance de todos. Algo falla en la cuenta.
A esa grieta le ha dedicado Constantino Bértolo un ensayo breve, ciento veinte páginas, que Debate publica en su serie ENDEBATE con un título que es ya media tesis: El arte de rechazar manuscritos. La pregunta de partida es si el rechazo editorial sigue existiendo en la era de la publicación instantánea. La respuesta es que sí, y que el eje de todo está en un adverbio. Casi todos pueden publicar. Ese casi es el libro entero. Porque la publicación en papel custodiada por una editorial sigue siendo la vía que legitima el acto de publicar y la que sacraliza el libro como símbolo cultural con prestigio. Lo demás es imprimir.
Quien lo escribe sabe de qué habla, y eso hoy es menos frecuente de lo que parece. Bértolo, nacido en Navia de Suarna, Lugo, en 1946, dirigió Editorial Debate entre 1990 y 2003, y después fundó y dirigió Caballo de Troya, el sello de Random House por el que pasaron unas cuantas voces nuevas de la narrativa en español que hoy tienen nombre propio. Aquellos años de Caballo de Troya fueron, sobre todo, una lección de lo que puede hacerse con poco dinero y criterio propio. El libro supone su regreso a la casa donde estuvo trece años. No es un teórico opinando desde la orilla: es un hombre que se ha pasado la vida diciendo que no.
Y ahí está el nervio del asunto, porque el oficio del editor consiste sobre todo en eso, en muchos noes y muy pocos síes. Lo que Bértolo hace, y hay que agradecérselo, es negarse a envolver el no en literatura. La razón principal del rechazo, sostiene, no es estética sino económica: quien decide en primera instancia no es el editor, es el dinero. Los comités editoriales donde se discutían valores literarios han sido sustituidos por departamentos de Marketing que evalúan el atractivo comercial de las obras. Cualquiera que haya rondado el negocio en los últimos veinte años sabe que esto es verdad, aunque en las mesas redondas se siga hablando de otra cosa.
Hay una frase suya que resume su posición y que a más de un novelista le va a sentar como una patada: «El escritor escribe textos. Los libros los hace el editor». Uno puede discutirla, y de hecho merece discusión, pero conviene entenderla antes de indignarse. No dice que el autor sobre. Dice que entre el texto y el objeto que llega a una mesa de novedades hay un trabajo, unas decisiones y un capital, y que ese tramo no es neutral ni invisible por mucho que se empeñen las solapas.
La promoción del propio libro maneja un dato que da bastante idea del paisaje: en España, por cada noventa mil libros publicados al año se rechazarían quince veces más propuestas. Tómenlo por lo que es, un dato de promoción y no una estadística oficial, pero hagan la operación mental. Quince veces más. Es decir, más de un millón de ocasiones en que alguien recibió una carta cortés informándole de que su obra no encaja en la línea editorial. Es la frase más repetida del idioma después de las de amor, y probablemente la que más daño ha hecho.
En una conversación con Anna María Iglesia en Letra Global, Bértolo remató la faena con tres ideas que valen el libro entero: que hoy el aprecio descansa sobre la venta y que lo que no se vende no existe; que los editores no dejan de ser mediadores y en su mayoría empleados del Capital; y que el editor convive con dos deseos que corresponden a dos almas, la literaria y la económica. Esa última imagen es la buena. No hay un editor bueno y otro malo: hay un hombre solo, con dos almas peleándose dentro, y un consejo de administración esperando el informe trimestral.
Angélica Ramos lo reseñó favorablemente en El Generacional Post subrayando precisamente el papel de ese adverbio, y tiene razón. Diré, con todo, lo que a mí me parece el límite del libro: es tan breve y tan seco que deja al lector con ganas de más ejemplos concretos, de más cocina, de más casos con nombre y fecha. Bértolo tiene esas historias, se le nota debajo de cada párrafo, y ha decidido no contarlas. Es elegante. También es una lástima.
A los que escriben y coleccionan negativas les diré una cosa: lean este libro, pero no lo lean buscando consuelo, porque no lo hay ni lo pretende. Léanlo para entender la máquina. Saber por qué le dicen a uno que no es lo único que permite decidir, con la cabeza fría, si vale la pena seguir llamando a esa puerta o si conviene ir abriendo otra.
— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás








