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Cortocircuito, de Wolf Haas. La avería que enciende dos novelas

La novela que juega consigo misma, la que se mira en el espejo mientras se cuenta, arrastra una tradición larga y desigual, poblada de hallazgos deslumbrantes y también de artificios que se agotan en su propia astucia. Cortocircuito, del austriaco Wolf Haas, se inscribe en esa estirpe con una elegancia que conviene subrayar desde el principio, porque no siempre el ingenio formal viene acompañado, como aquí, de una emoción que lo sostenga y le dé sentido.

El punto de partida es de una sencillez casi doméstica. Franz Escher, un hombre solitario que ocupa sus horas con puzles y que se gana la vida redactando discursos fúnebres, oficio nada inocente en una novela que va a hablarnos de la muerte y del azar, llama a un electricista para que le repare un enchufe. El operario muere electrocutado en plena reparación. Escher, conmocionado y con la difusa certeza de ser en parte responsable, se propone localizar a la familia de la víctima para ofrecerle ayuda. De ese arranque mínimo, casi de sucedido de periódico, Haas extrae una maquinaria narrativa de una precisión notable.

Lo interesante reside en cómo está construido el libro, más aún que en lo que cuenta. Porque esa historia es, a la vez, el argumento de otra novela: la que lee un ex-mafioso llamado Marko mientras se hace pasar, precisamente, por electricista. Las dos líneas avanzan a velocidades distintas, se reflejan, se contaminan y terminan por confluir en ese cortocircuito final que da título al conjunto. Haas maneja el procedimiento, la cinta de Moebius, el relato dentro del relato, sin la frialdad que suele acompañar a estos juegos. Conviene detenerse en ese logro: la estructura no se exhibe como un truco, sino que trabaja al servicio de los temas de fondo, la identidad, la culpa, la parte de azar que gobierna las vidas y las decide sin consultarlas.

Hay en todo ello un humor particular, seco y centroeuropeo, que templa la tragedia sin desactivarla. Wolf Haas, que se dio a conocer con una celebrada serie de novela criminal y que lleva años ensanchando los límites del género hacia la metaficción, tiene el pulso suficiente para que la comedia negra no derive en chiste ni la reflexión en ensayo. Su prosa, al menos la que de ella llega en esta cuidada edición española, es ágil, coloquial en apariencia y muy calculada por debajo, con esa engañosa facilidad que solo alcanzan los autores que han trabajado mucho la frase antes de fingir que no les ha costado nada.

No todo en el libro alcanza la misma altura. El mecanismo, tan bien engrasado, corre por momentos el riesgo de imponerse a los personajes, y hay un tramo en que uno percibe la mano del relojero por encima de las criaturas que ha puesto a funcionar. Es el precio, casi inevitable, de las novelas que hacen de su arquitectura el asunto central. Pero Haas sortea el peligro con oficio y devuelve una y otra vez el foco a Escher, un personaje que se queda con el lector: su soledad meticulosa, su culpa mansa, su empeño torpe y conmovedor en reparar lo irreparable.

Merece la pena leer Cortocircuito por lo que tiene de artefacto casi perfecto, pero sobre todo por lo que hay debajo del artefacto. En un tiempo en que buena parte de la narrativa de entretenimiento renuncia a pensar, este libro se permite ser adictivo y, al mismo tiempo, hacerse preguntas sobre la responsabilidad, sobre lo que debemos a quienes se cruzan un instante en nuestra vida y luego desaparecen. Recuerda, en su planteamiento, a esa tradición europea que va de Dürrenmatt a la novela de intriga más ambiciosa, la que nunca se conformó con averiguar quién fue el culpable, sino que quiso saber por qué el azar reparte como reparte.

Es, en definitiva, una novela que se lee de un tirón y que, sin embargo, se queda pensándose largo rato después de cerrarla. No abundan los libros capaces de esa doble hazaña, la de entretener y desasosegar en la misma página, y menos aún los que la consiguen con esta engañosa apariencia de ligereza. Cortocircuito lo consigue, y lo consigue sin alzar la voz, con la discreción de quien sabe que las mejores tramas, como los mejores circuitos, funcionan mejor cuando no se ven los cables.

— Antonio Isidro Graña Ojeda

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