El tweed bueno viene de las Hébridas, el mejor lino es irlandés y las prendas se confeccionan en Londres, con sastre. También: no se hace trabajar al servicio durante el Ramadán, uno se hospeda en el Claridge’s y manda instalar un piano en la suite. Ese es el catecismo con el que han educado a Marguerite, criada en Marrakech por madre francesa y padre inglés, y entenderlo es la primera condición para entrar en Los ingleses entienden de lana (y otros trucos), de Helen DeWitt, que Random House publicó el 2 de julio de 2026 con traducción del inglés de Gabriela Ellena Castellotti.
A los diecisiete años, Marguerite descubre que todo ese código era el envoltorio de una estafa de gran calibre. Despierta en un hotel de Londres y su madre ha desaparecido con el equipaje. A partir de ahí tiene que defenderse sola, y el escenario donde le toca hacerlo es la industria editorial, entre gente que muerde.
Aquí está la broma central del libro, y es una broma seria: para salir del apuro, Marguerite acepta escribir un libro que cuente su historia. Ese libro es el que tenemos en las manos. Y en él van incluidos los correos con Bethany, la editora, que le reclama más sentimiento y algo de evisceración. DeWitt no denuncia la industria del dolor comercializado. Hace algo más eficaz: la deja funcionar delante del lector, con su vocabulario intacto, y confía en que el ridículo se produzca solo. Se produce.
Después desfilan escritores, artistas, músicos, editores, agentes y hombres de negocios disfrazados de promotores culturales. Sobre el contenido exacto del volumen hay discrepancia entre las fuentes, y merece la pena decirlo porque resulta sintomático. El editor anuncia trece relatos y dos textos inéditos nunca publicados en inglés; en Letras Libres se describe otra cosa: la nouvelle que da título al libro más el volumen de cuentos Vaya truco, aparecido en inglés en 2018, y dos cuentos largos, Laura y Los códigos sexuales de los europeos. No sé cuál de las dos descripciones es la buena. Sí sé que es una manera muy DeWitt de llegar a un mercado.
Aloma Rodríguez sostiene en Letras Libres que a DeWitt le interesan sobre todo «los códigos, y por encima de todos, el código de los códigos: el lenguaje». Es la mejor descripción disponible de lo que hace este libro. El buen gusto de la madre de Marguerite es un código; los correos de Bethany son otro; la conversación entre agentes es un tercero. Todos prometen pertenencia y todos son, en realidad, sistemas de exclusión con reglas que solo se aprenden desde dentro y nunca se enuncian. La novela de aprendizaje clásica enseñaba a un joven de provincias a moverse en sociedad. Aquí la protagonista ya venía educada, y de nada le sirve: la habían educado en el sistema equivocado.
La biografía de la autora no es anecdótica en este caso. Nacida en Maryland en 1957, criada en Sudamérica y residente en Berlín, DeWitt estudió clásicas y filosofía en Oxford y abandonó la academia en 1989 para escribir. En El último samurái, su primera novela, trabajó trece años; apareció en 2000, tuvo éxito crítico y se publicó en veinte países, y después un conflicto legal con sus primeros editores estadounidenses la retiró de circulación en Estados Unidos hasta que New Directions la reeditó en 2016 y llegó una segunda ola de elogios. Están además Lightning Rods (2011), todavía sin traducir al español, Some Trick (2018) y Your name here, que ella misma colgó en su web en 2008 y no vio edición hasta 2025, en Dalkey Archive.
Rodríguez explica esa trayectoria como una condición de outsider elegida por decisión propia, y anota la paradoja de que en España la publique un gran grupo. La paradoja es real y no voy a suavizarla: leer una sátira de la industria editorial en un sello de Penguin Random House tiene su gracia. Pero conviene no confundir el chiste con un reproche. Que DeWitt lleve un cuarto de siglo peleando con editores y siga escribiendo sobre editores no es resentimiento: es el material que tenía a mano, y lo ha convertido en una teoría del lenguaje.
Heather Cass White escribió en el Times Literary Supplement que este es el mejor y el más divertido de sus libros hasta la fecha. Lo de divertido hay que tomárselo en serio. DeWitt es de las pocas escritoras capaces de que una escena de negociación contractual produzca carcajada, y lo consigue por precisión: no exagera a los personajes, los transcribe. La comicidad no está en el chiste, está en el registro; en cómo suena de verdad alguien cuando pide sinceridad a cambio de un adelanto.
Advierto de una cosa, sin ánimo de disuadir a nadie. Esto no se lee en línea recta. Hay rupturas de tono, hay textos que parecen no pertenecer al mismo libro y hay una nouvelle que se interrumpe para dejar entrar otra voz. Quien busque una novela de formación con arco cerrado va a salir descontento. Quien acepte el pacto encontrará algo poco frecuente en la narrativa contemporánea traducida: inteligencia sin solemnidad, y una escritora que trata al lector como un adulto capaz de seguirla sin ayudas.
A DeWitt le ha costado veinticinco años tener aquí una edición decente de su obra breve. Aprovéchenla.
— Ana María Olivares








