La narrativa española contemporánea ha encontrado en Javier Cercas uno de sus cronistas más atentos a las zonas de fricción entre la historia colectiva y la experiencia individual. Desde Soldados de Salamina, Cercas ha ido construyendo una obra que desafía las fronteras genéricas: ni novela al uso ni ensayo puro, sino algo que se sitúa en ese territorio inestable donde el documento y la imaginación se necesitan mutuamente. El periódico de la democracia, que publica Random House coincidiendo con el cincuenta aniversario de El País, prolonga esa tradición con una materia de enorme densidad simbólica.
El libro nació de un encargo del director del periódico, y esta circunstancia, lejos de restarle autonomía, lo sitúa en una tradición ilustre: la del escritor que acepta un encargo y lo convierte en algo que trasciende la ocasión que lo motivó. Cercas lo sabe, y trabaja con esa conciencia desde las primeras páginas. Lo que podría haber sido una celebración institucional deviene una reflexión sobre qué significa el periodismo cuando sus condiciones materiales y simbólicas han cambiado de manera irreversible.
Conviene detenerse en el modo en que el libro organiza su materia. No es una historia del diario en el sentido convencional del término: no hay cronología exhaustiva ni galería de protagonistas ordenada por méritos. Lo que hay es una selección de momentos, de decisiones, de figuras que permiten a Cercas articular una tesis sobre el papel de la prensa en la construcción de la democracia española. Esa tesis no se enuncia de una vez; se va sedimentando a lo largo del libro, y en esa sedimentación reside buena parte de su eficacia.
La Transición, como es inevitable en cualquier reflexión sobre El País, ocupa un lugar central. Cercas no es complaciente con la mitología de ese período: reconoce sus sombras, sus silencios, sus renuncias. Pero tampoco cae en la desmitificación fácil que con frecuencia sustituye una hagiografía por otra. Lo interesante aquí reside en cómo el autor maneja la tensión entre la necesidad de contar y la conciencia de que todo relato sobre ese tiempo es también un relato sobre el presente.
La prosa de Cercas está en su mejor momento. Es una escritura que ha aprendido a controlar sus propias tendencias: la vocación narrativa que a veces tiende al exceso está aquí al servicio de un argumento que la necesita precisa y mesurada. Hay páginas de análisis político que se leen con el ritmo de una novela, y hay páginas de evocación personal que tienen la densidad de un ensayo. Esa versatilidad no es un mérito menor.
No obstante, el libro plantea una pregunta que el propio Cercas no siempre responde con la misma claridad con que la formula: ¿puede un encargado escribir con distancia crítica suficiente sobre quien lo encargó? La pregunta no invalida el libro, pero sí produce algunas zonas de menor tensión, momentos en que el análisis cede ante la celebración. Merece la pena subrayar que estas zonas son minoría y que, en su conjunto, el texto mantiene una honestidad que no era obligatoria.
El libro se inscribe, en definitiva, en una tradición de ensayo periodístico que tiene en España cultivadores de primer orden y que encuentra en este volumen una aportación sólida. Cercas ha escrito algo más que una historia de un periódico: ha escrito una meditación sobre para qué sirve el periodismo cuando el periodismo ya no puede hacer lo que hacía. Esa es la pregunta que queda al cerrar el libro, y el hecho de que quede abierta es también una forma de inteligencia.
— Antonio Isidro Graña Ojeda








