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Un metro cuadrado, de Llucia Ramis. Poder decir casa

La otra tarde estuve ayudando a una amiga a hacer cajas. Se mudaba otra vez —la cuarta en seis años, lo conté luego y me pareció una cifra indecente— y en el suelo del salón había esa arqueología que sale de los armarios cuando uno los vacía a conciencia: facturas de la luz de un piso donde ya no vive, el cargador de un móvil que no tiene, tres tazas desparejadas envueltas en papel de periódico. Mientras las envolvía me acordé de una cosa que decía mi abuela, que en su casa había pocos objetos pero todos llevaban cuarenta años en el mismo sitio. No lo decía con orgullo. Lo decía como quien constata el paso del tiempo y se sorprende un poco. Y pensé, ya en el metro de vuelta, que de eso va exactamente el libro de Llucia Ramis.

Un metro cuadrado, que publica Libros del Asteroide y que ganó el IV Premio de No Ficción de esa misma casa, parte de una experiencia personal muy larga —tres décadas de alquileres, diez pisos de Barcelona, la de vivir mudándose— y la convierte en tres cosas a la vez sin que se note la costura: unas memorias, una crónica de ciudad y un ensayo sobre el problema de la vivienda en España. Digo que no se nota la costura y quiero insistir, porque es lo más difícil que hay. Cualquiera puede escribir el reportaje sobre el precio del alquiler; los datos están ahí, cualquiera los tiene. Y cualquiera puede escribir sus recuerdos de los pisos por los que ha pasado. Juntar las dos cosas de manera que la segunda ilumine a la primera, eso ya es otro oficio.

Ramis lo hace desde una posición que me parece la más honesta posible: no habla desde fuera, como analista, ni se coloca en el papel de víctima ejemplar. Habla desde dentro, contando lo que sabe porque le ha pasado, y deja que el lector saque las conclusiones grandes. La tesis del libro está enunciada con una sencillez que engaña: el hogar no es solo un espacio físico, es una condición emocional y política. Poder decir «casa» —así, con naturalidad, sin añadir nada— significa poder construir una vida con continuidad. Y esa continuidad se ha vuelto un lujo.

A mí lo que más me ha detenido es la idea del presente provisional. Vivir de alquiler, escribe Ramis, es habitar una estabilidad siempre amenazada: por el mercado, por la especulación, por la fecha en que se acaba el contrato. Una lee eso y de pronto entiende un montón de conversaciones que ha tenido en los últimos años sin acabar de entenderlas. Por qué mi amiga no compra plantas grandes. Por qué otra no cuelga cuadros. Por qué hay gente de cuarenta años que sigue viviendo como si estuviera de paso, y no porque le apetezca la ligereza, sino porque no le han dejado otra opción. Hay una manera de no echar raíces que no es libertad, es precaución. Y duele reconocerla.

El libro tiene además una virtud que agradezco mucho en los ensayos de este tipo, y es que no regaña. Podría haber salido de aquí un panfleto —el material lo daba de sobra— y sin embargo Ramis se queda en la observación precisa, en el detalle concreto, en el barrio que cambia de cara en diez años mientras uno lo mira desde la ventana. La crónica urbana que hay en estas páginas es de las buenas: se ve la ciudad transformarse, se ven los portales, se ven los vecinos que se van. Y se ve, sobre todo, quién decide esas transformaciones y quién las padece.

No quiero dar la impresión de que es un libro triste, porque no lo es. Hay humor, hay una ironía muy de la casa —Ramis lleva años escribiendo columnas y se le nota el músculo— y hay momentos de comedia doméstica pura, de esos que una lee en voz alta a quien tenga al lado. La comedia, cuando viene de un sitio verdadero, no rebaja el asunto: lo hace más soportable y más nítido.

Se han publicado en los últimos años unos cuantos libros sobre la vivienda, y algunos muy buenos, pero casi todos escogen un carril: o el ensayo con cifras o el testimonio. Este va por el medio y creo que ahí está su acierto. También su riesgo, todo hay que decirlo. Hay lectores que echarán de menos más datos, más contexto económico, más de eso que se espera de un libro que habla de un problema colectivo. A mí no me ha hecho falta. Me parece que el libro ya dice lo que tiene que decir cuando muestra lo que una vida se deforma para caber en las condiciones que le tocan.

Terminé Un metro cuadrado una noche de estas de agosto, con la ventana abierta y ese ruido de la ciudad en verano que parece que viene de muy lejos. Pensé en mi amiga y en sus cajas. Pensé en mi abuela y en sus cuarenta años de tazas en el mismo estante, que ella no consideraba un privilegio porque nadie considera un privilegio lo que da por hecho. Y me quedé con la sensación de haber leído un libro necesario, que es una palabra que uso poco porque se ha gastado mucho, pero que aquí me sale sin esfuerzo.

Merece la pena que se dejen encontrar por este libro. Y si tienen a mano a alguien que esté haciendo cajas estos días, regálenselo, que lo van a agradecer más de lo que ustedes creen.

— Ángela de Claudia Soneira

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