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Servicio interior, de Katixa Agirre. Cuatro mujeres, una red clandestina y unos documentos mal guardados

La memoria histórica arrastra un problema de vocabulario: casi todo lo que se publica bajo ese rótulo llega al lector precedido de la palabra homenaje, y un homenaje es algo que se aplaude, no algo que se discute. Servicio interior, que Katixa Agirre publica en Tusquets, no es un homenaje. Es una investigación sobre una traición posible, y esa diferencia lo cambia todo.

La novela arranca en el París ocupado de 1940, con el gobierno vasco en el exilio intentando ponerse a salvo, y recupera la historia real de cuatro mujeres vinculadas a la Red Álava: Bittori Etxeberria, Itziar Mujika, Delia Lauroba y Tere Verdes. Aquella red clandestina, nacida en Euskadi durante la guerra, sostuvo un sistema de información en el que muchas mujeres desempeñaron un papel esencial —llevar mensajes, atender a los presos, socorrer a las familias— y el libro se estructura alrededor de los documentos que el Gobierno vasco en el exilio dejó atrás y cuyo hallazgo desató la persecución. Mientras tanto, alemanes y franquistas organizan la cacería. En un extremo del tablero, Pedro Urraca, el agente franquista que vigilaba en la capital francesa a los españoles refugiados y que más tarde sería conocido por la captura de Lluís Companys. En el otro, el lehendakari José Antonio Agirre.

Con ese reparto, lo fácil era escribir una novela de resistentes. Agirre no la escribe. El libro se organiza alrededor de un enigma que no se resuelve por la vía heroica: alguien dejó abandonados los papeles que comprometieron a la red, y la novela se pregunta de principio a fin si aquello fue un error o una traición. La pregunta no es retórica ni decorativa. Determina cómo leemos a cada uno de los personajes desde la primera escena, porque cualquiera de ellos pudo hacerlo.

Hay que insistir en una cosa: el mecanismo del misterio no está aquí como concesión comercial. Está haciendo un trabajo ideológico preciso. Una novela sobre mujeres clandestinas que hubiera renunciado a la sospecha habría convertido a sus protagonistas en estatuas, que es lo que lleva décadas haciéndose con las mujeres de la resistencia: primero se las ignora, luego se las canoniza, y en ninguno de los dos momentos se les concede la posibilidad de haber fallado. Agirre se la concede. Eso es tratarlas como adultas.

Merece la pena detenerse en cómo está construido el enemigo. Urraca no aparece aquí como el villano de un thriller, con su crueldad explicada por algún trauma y su inteligencia superior a la de todos los demás. Aparece como lo que era: un funcionario eficaz trabajando en una ciudad ocupada, con fichas, con informes, con jornada. La novela entiende que la persecución de los exiliados españoles en Francia no fue una empresa de monstruos sino un procedimiento administrativo, y que ahí está precisamente lo insoportable. Contra un monstruo se puede uno defender moralmente; contra un expediente bien llevado, no.

El otro acierto está en el título, y no es un juego. Servicio interior nombra a la vez la operación clandestina y el trabajo doméstico que la hacía posible. Estas mujeres sostenían la red mientras mantenían la apariencia de vidas corrientes: las compras, la casa, la vecindad, la costumbre. La novela dedica a esa doble jornada una atención que la historiografía sobre el exilio suele despachar en una nota al pie, y demuestra lo obvio, que es lo que casi nunca se dice: su invisibilidad no era un obstáculo para la clandestinidad, era la infraestructura de la clandestinidad. Nadie mira a una señora con una cesta.

Agirre viene de Las madres no, que Mar Coll adaptó al cine en Salve María, y aquella novela ya se ocupaba de una figura femenina a la que el discurso público no sabe dónde poner. La continuidad entre ambos libros es más profunda de lo que sugiere el cambio de época: en los dos casos la autora elige el punto exacto donde la imagen social de la mujer se rompe, y en los dos escribe desde ahí sin pedir perdón. Cambia el siglo, no la posición enunciativa.

Hay una cosa más que el libro trabaja con mucho cuidado y que es, para mí, su decisión más aguda: las protagonistas no se piensan a sí mismas como espías. Desde dentro, lo que hacen es cuidar de los presos, llevar un recado, echar una mano a una familia. Tareas de mujeres, en la clasificación de la época; es decir, tareas que no cuentan. Que ese conjunto de gestos acabara constituyendo un servicio de información en toda regla es justo lo que la historia oficial no supo registrar, porque buscaba agentes y lo que había eran vecinas. La novela no corrige esa percepción desde fuera ni les explica a sus personajes la importancia de lo que hacen: se queda dentro de su mirada y deja que el lector calcule la distancia.

La novela tiene costuras. La documentación es abundante y en algunos tramos se nota demasiado: hay páginas que explican el contexto político del gobierno vasco en el exilio con una minuciosidad que frena la narración justo cuando la trama había empezado a apretar. Y las cuatro protagonistas no están dibujadas con el mismo relieve; dos de ellas se llevan el peso y las otras dos funcionan por momentos como coro. Cuando la autora se acuerda de ellas, aparecen escenas excelentes. Le sobraba material para repartir mejor.

Dicho esto, el final sostiene lo que el planteamiento prometía, que es lo más difícil en una novela construida sobre una incertidumbre. No diré si el enigma se resuelve. Sí diré que Agirre entiende algo que a muchísimos novelistas de la memoria se les escapa: que la pregunta por el traidor es siempre, en el fondo, una pregunta por las condiciones en que una persona normal deja de resistir. Y esas condiciones, en 1940 y en París, eran sencillamente brutales.

Se hablará de este libro como novela de memoria histórica en clave femenina, con esa fórmula que convierte cualquier cosa en etiqueta de catálogo. Merece más. Es una novela sobre lo que cuesta callar, sobre lo que cuesta hablar, y sobre la enorme cantidad de trabajo invisible que hizo falta para que algo de aquello llegara a contarse.

— Ana María Olivares

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