Hay una costumbre que conservo desde mis tiempos de reportero en según qué puertos de América del Sur, y es la de desconfiar de cualquier explicación demasiado limpia sobre por qué un país se hunde. Uno ha visto de cerca cómo se cuentan esas historias —con la culpa repartida siempre entre los mismos villanos de manual— y sabe que la verdad, cuando la hay, suele venir por el contrabando, nunca por la aduana oficial. Por eso me interesó, antes incluso de abrirla, una novela que se llama, con toda la intención del mundo, El contrabando ejemplar.
Pablo Maurette —escritor argentino que ganó con este libro el Premio Herralde bajo el seudónimo de Carlos Bernárdez, lo cual ya dice algo de su sentido del juego— construye una historia dentro de otra historia, que es el truco más viejo del oficio y también el más difícil de ejecutar sin que cruja. Pablo, su protagonista, un aspirante a escritor con más ambición que rumbo, viaja a Madrid a recuperar el manuscrito que dejó Eduardo, su amigo y mentor, al morir. Ese manuscrito pretendía explicar lo inexplicable: por qué la Argentina se torció, y lo hacía remontándose al siglo XVII, cuando el Río de la Plata organizó un sistema de comercio clandestino tan sofisticado que llegó a tener nombre propio y casi rango institucional —el contrabando ejemplar del título—. Pablo se apropia entonces de la novela imposible de su amigo muerto, en una operación que es a la vez homenaje y saqueo, expiación y elegía. Se navega, aquí sí lo digo con la metáfora por delante, entre dos aguas: la del duelo y la de la usurpación literaria, sin que el lector sepa nunca del todo en cuál de las dos está metido el protagonista.
La galería de personajes secundarios es uno de los aciertos mayores del libro, y no lo digo por cortesía. Ahí está la tía Chiquita, ahí está el médico Zebulao Mendes, figuras con encarnadura propia, con esa clase de complejidad psicológica que a muchos autores les cuesta media novela conseguir y que Maurette despacha con media página bien escrita. Los diálogos —lo ha señalado ya la crítica especializada, y no seré yo quien la contradiga— tienen una sencillez que no es fácil de lograr: parecen dichos, no escritos, que es el elogio más alto que se le puede hacer a un diálogo de ficción.
Lo que consigue Maurette, en el fondo, es convertir la identidad argentina —tema sobre el que ya se ha escrito media biblioteca, casi siempre con más solemnidad que gracia— en una trama de plagios, contrabandos y nostalgias que se atreve a proponer, con humor y con erudición, que el país nació de una economía criminal disfrazada de sistema. Es una tesis incómoda, dicha sin la solemnidad de manifiesto que suele acompañar a este tipo de diagnósticos nacionales, y ahí está su mérito mayor: que se ría un poco de sí misma mientras lo dice en serio.
Hay, además, un acierto de construcción que conviene señalar aparte: la voz de Eduardo, el mentor muerto, se filtra en el manuscrito recuperado con fragmentos que Pablo transcribe, corrige y a veces falsifica sin decírselo del todo al lector, de modo que la novela termina preguntándose, sin subrayarlo con estridencia, quién tiene derecho a contar la historia de otro cuando ese otro ya no puede reclamarla. Es un tema viejo —el de la herencia literaria como robo necesario— pero Maurette lo trabaja con un pulso que no cae ni en la solemnidad del homenaje ni en el cinismo fácil del que se aprovecha de un muerto para publicar.
No es una novela perfecta, y tampoco hace falta que lo sea. Hay tramos, sobre todo en el arranque, en que la estructura de manuscrito-dentro-del-manuscrito exige al lector una paciencia que no todo el mundo estará dispuesto a regalarle a un autor que aún no conoce. Pero quien aguante esas primeras páginas encontrará una de las novelas más densas y mejor escritas que ha dado el Herralde en los últimos años, con un jurado que esta vez, me parece a mí, acertó de lleno.
Compren este libro. Léanlo despacio, que exige paciencia, y verán que al final, cuando cierran la última página, entienden mejor un país entero por el camino más honesto que existe para entender un país: el del contrabando, no el de la aduana.
— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás








