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La necesidad de amar, de Pablo Álvarez. El amor como acto político y como herida

El Premio Azorín tiene una trayectoria larga y desigual, como todos los premios literarios de cierto recorrido. Hay ganadores que han pasado sin dejar huella y hay ganadores que han convertido el reconocimiento en un trampolín legítimo. Pablo Álvarez, con La necesidad de amar, pertenece a la segunda categoría, y conviene decirlo desde el principio para que quede claro que no estamos ante un libro de premio en el sentido peor de la expresión: estamos ante un libro que tiene algo que decir y lo dice bien.

Álvarez construye una novela sobre la memoria, el deseo y los afectos desde un punto de vista que pocas veces se ensaya en la narrativa española: el de un hombre de cuarenta años que vuelve al pueblo donde creció para asistir a la muerte de su padre y descubre que no sabe quién era ese hombre. Eso, que suena a material de melodrama, Álvarez lo trabaja con una contención que es su mayor virtud. No escribe para emocionar; escribe para entender. Y el lector que acepta esas condiciones llega al final con algo más que la historia de un duelo.

Hay que insistir en una cosa que la recepción del premio ha pasado por alto. La necesidad de amar no es una novela sobre la relación padre-hijo, aunque tenga esa estructura. Es una novela sobre la dificultad de nombrar el afecto en generaciones que no aprendieron a hacerlo. El padre del protagonista es un hombre callado, como lo fueron muchos hombres españoles de su generación, y ese silencio no es indolencia: es el resultado de una educación sentimental que nadie eligió. Álvarez lo entiende y lo escribe sin condescendencia.

La construcción del libro es sólida. Dos tiempos —el presente del regreso y el pasado recuperado en fragmentos— que Álvarez maneja sin trampa: cada vez que aparece un recuerdo, tiene una razón narrativa para estar ahí, no es simple ilustración. Los personajes secundarios están trazados con economía y sin caricatura. El ritmo es lento en el sentido bueno: deliberado.

Lo que el libro no termina de resolver es el final. Los últimos veinte páginas se precipitan en una reconciliación simbólica que resulta algo menos ganada que el resto. Como si Álvarez hubiera desconfiado de dejar la herida abierta. Es una pequeña traición al tono general del libro, pero no invalida lo anterior.

Este es el tipo de debut que merece seguirse. No porque La necesidad de amar sea perfecta, sino porque demuestra que Álvarez sabe escribir novelas que no se rinden a lo fácil. Y eso, en 2026, no es poca cosa.

— Ana María Olivares

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