Hay una pregunta que Mendoza lleva respondiendo desde 1979, y que La intriga del funeral inconveniente vuelve a formular con precisión de relojero: ¿qué pasa cuando encargamos a un lunático que descubra la verdad? La respuesta, en esta nueva entrega, es que la verdad aparece, sí, pero por los costados, y con toda la incomodidad que siempre tuvo.
El detective sin nombre regresa. Sigue internado, sigue siendo excarcelado de forma irregular para resolver casos que la policía no quiere o no puede resolver, y sigue mirando Barcelona con esa mezcla de extravío y lucidez que Mendoza ha convertido en un registro literario propio. Lo que cambia aquí es que el crimen que vertebra la novela —la muerte sospechosa de un magnate durante su propio funeral, en una funeraria de Gracia— importa menos que las personas que querían que nadie lo investigara. Conviene decirlo desde el principio: esto no es un thriller de resolución de enigma. Es una novela de sociedad que usa el crimen como excusa.
La recepción crítica ha destacado el humor —inevitable en Mendoza, ineludible en esta serie— y el dominio del ritmo. Se ha dicho menos sobre lo que el libro hace debajo de la superficie: una disección bastante cruel de la burguesía barcelonesa de 2026, sus miedos al escándalo, sus alianzas de conveniencia, su relación enfermiza con la herencia y la reputación. El detective lo ve todo sin filtro moral porque carece de posición social que proteger. Eso le convierte, una vez más, en el único personaje del libro que puede decir lo que todos saben y nadie quiere nombrar.
Mendoza escribe bien. No solo eso: escribe con la soltura de quien ha hecho este ejercicio suficientes veces como para saber exactamente qué puede permitirse. Las frases cómicas no son chistes: son observaciones que solo funcionan en ese orden de palabras exacto. La escena del velatorio, que ocupa los dos primeros capítulos, es de lo mejor que ha escrito en años en esta serie.
El libro no es perfecto. La resolución final se apresura más de lo conveniente, como si Mendoza hubiera decidido en algún punto que el mecanismo de la trama ya había cumplido su función. Pero ninguna de esas costuras invalida lo que el libro ofrece: cuatrocientas páginas de prosa inteligente, un detective que sigue siendo uno de los más originales de la literatura española, y una mirada sobre Barcelona que pocas veces resulta tan implacable sin pretenderlo. La intriga del funeral inconveniente no es la mejor novela de la serie. Es, sin embargo, una novela necesaria.
— Ana María Olivares








