Hay una cosa que aprendí hace años, cubriendo asedios, y es que las peores prisiones no tienen barrotes. Tienen puertas abiertas que nadie cruza. Uno veía a gente que podía marcharse, que tenía la carretera a doscientos metros, y que se quedaba en el sótano un mes más porque fuera estaba lo desconocido y dentro estaban los suyos. Me he acordado de aquellos sótanos leyendo Todos duermen, la novela que Rosa Ribas publica en Tusquets, que transcurre entera en una casa donde no hay un solo cerrojo echado y de la que nadie sale.
La que no sale se llama Ana. Quedó huérfana cuando sus padres se despeñaron con el coche por un acantilado, y desde entonces vive recluida en la planta superior de la casa familiar, al cuidado de su hermana mayor, Elisa, y de la abuela. Padece agorafobia, de modo que la calle le está vedada por la peor de las razones, que es la que uno se pone a sí mismo. Y cada mes, puntual como una marea, vuelve el accidente en forma de episodios de ansiedad. Ahí está el planteamiento. Parece poca cosa. No lo es.
Porque lo que Ribas monta con ese material no es un dramita psicológico de interior, sino una maquinaria de relojería donde cada pieza doméstica —la bandeja que sube la hermana, la conversación de la abuela, el horario de las medicinas, el modo en que se cierra una puerta al salir— va colocando al lector en una incomodidad creciente y muy bien administrada. Uno empieza el libro compadeciendo a la chica encerrada y lo termina preguntándose desde cuándo se encarga alguien de que siga encerrada. Y eso, señoras y señores, es oficio del bueno.
Ribas lleva mucho navegando en la intriga psicológica y se le nota en lo que no hace. No hay aquí sustos de feria ni giro cada veinte páginas. Hay una dosificación paciente de la información, que es el arte más difícil del género: ir soltando cabo poco a poco, dejando que el lector crea que navega solo mientras la autora lleva el timón con dos dedos. Cuando Ana empieza a percibir aspectos inesperados de lo que ocurrió aquella noche en el acantilado, el lector ya lleva cien páginas sospechando sin saber de qué. Eso no se improvisa.
Hay un personaje del que conviene hablar y es la casa. Suena a tópico de reseña —la casa como personaje, cuántas veces lo habremos leído— pero aquí está justificado por una razón técnica: la planta superior donde vive Ana y el resto del edificio funcionan como dos países con aduana. Lo que sube es lo que la hermana decide que suba. Las noticias, la comida, las visitas, la versión de lo que pasó aquella noche. Quien controla la escalera controla la realidad, y Ribas construye esa aduana con tanta paciencia que el lector tarda en darse cuenta de que la está leyendo desde el lado de dentro.
Les digo una cosa sobre la agorafobia, porque el libro la trata con una seriedad que conviene subrayar. No está usada como excusa argumental para tener a la protagonista quieta donde a la trama le viene bien. Está contada desde dentro, con sus mecanismos, con la lógica implacable que tiene el miedo cuando se organiza. El lector entiende perfectamente por qué Ana no cruza el umbral, y ese entendimiento es justo lo que hace insoportable la segunda mitad de la novela, cuando uno empieza a sospechar quién se beneficia de que no lo cruce.
La novela tiene un defecto y no pienso callármelo. La reclusión es también formal: transcurriendo casi todo dentro de la misma casa, con tres personajes y poco más, hay un tramo —el segundo tercio, más o menos— donde la atmósfera se sostiene a costa del avance, y el lector impaciente puede sentir que da vueltas por el mismo pasillo. Es un riesgo inherente al planteamiento y Ribas lo asume a sabiendas. A mí me compensa, porque lo que viene después justifica la espera; pero quien lea buscando ritmo de thriller de aeropuerto que se abstenga o que se arme de paciencia.
Y está la abuela, que merece párrafo aparte. En las novelas de intriga doméstica las abuelas suelen cumplir una de estas dos funciones: guardar el secreto o revelarlo en el último capítulo. Esta no hace ni lo uno ni lo otro. Está vieja, habla de lo que le apetece, se confunde algunos días y otros no, y por esa rendija se cuela información que nadie ha querido dar. Es un hallazgo de construcción y además es verdad: en las familias, lo que no se dice de frente acaba saliendo por la boca del que ya no tiene edad para medir lo que cuenta.
Lo que más me ha gustado, con todo, es la falta de villanos de opereta. Aquí nadie hace el mal frotándose las manos. Hay personas que se han acostumbrado a una situación que les conviene y que han encontrado, cada una por su lado, razones excelentes para que las cosas sigan como están. Así funciona el daño en las familias de verdad: no por maldad, sino por costumbre y por comodidad. He conocido casas así. Cualquiera que peine canas ha conocido casas así.
Léanla. Léanla de noche, si pueden, que es cuando mejor se le oyen los crujidos, y fíjense en las conversaciones sobre asuntos triviales, que es donde Ribas ha escondido lo importante. Y después, cuando cierren el libro, háganse la pregunta que la novela deja colgando y que no tiene nada que ver con el acantilado: cuántas personas conocen ustedes a las que alguien cuida con mucho esmero para que no se muevan de donde están.
— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás








