Hace unos días, en la sala de espera de un centro de salud, mientras me tocaba turno para una cosa sin importancia, estuve mirando cómo una mujer joven explicaba por tercera vez a tres personas distintas lo mismo que ya había explicado en el mostrador. Se le notaba en la voz el cansancio de repetirse. Pensé en la cantidad de veces que hay que contar el propio cuerpo cuando el cuerpo se sale de lo previsto, y con ese pensamiento puesto he leído Fantasma, el libro que Nerea Pérez de las Heras publica en Alfaguara y en el que vuelve sobre el verano de 2023, cuando perdió una pierna.
Empiezo por lo que no es. No es un libro de superación. No hay aquí ninguna de esas curvas de aprendizaje que tanto tranquilizan al lector sano, con su caída, su fondo y su lección final bien envuelta. Tampoco es un libro triste, y esto conviene decirlo pronto porque a la gente le da miedo acercarse. Es un libro escrito desde las entrañas sobre la extrañeza de que te falte una parte de ti, y la extrañeza, como bien sabe cualquiera que haya pasado por algo grande, no es tristeza: es otra cosa, más rara y más difícil de nombrar.
El título nombra de entrada eso que siguen notando quienes han perdido un miembro, la presencia insistente de lo que ya no está, y la autora lo usa para mucho más que para hablar de su pierna. En estas páginas hay identidades fantasma, futuros fantasma, una idea de una misma que sigue apareciendo en los sitios donde ya no vive. Una lee eso y piensa en sus propios fantasmas, que no tendrán nada que ver, y ahí está la gracia del libro: que no obliga a nadie a compararse pero tampoco deja a nadie fuera.
Lo que hace Pérez de las Heras es cruzar la crónica con el ensayo, y lo hace con naturalidad, sin avisar cuando cambia de marcha. De la habitación del hospital pasa a la sanidad pública y a lo que significa que funcione o no funcione; de la rehabilitación pasa a las guerras que nos atraviesan estos años, al auge de la ultraderecha, al activismo queer. Podría quedar como un batiburrillo de temas de actualidad colgados de una experiencia personal. No queda así, y no queda así porque la autora no usa su cuerpo como excusa para opinar: usa lo que ha aprendido en ese cuerpo como criterio para mirar.
Hay un asunto que atraviesa el libro entero y del que casi no se habla en otros sitios: el tiempo. Lo que le pasa a un cuerpo no ocurre en una tarde, ocurre en meses de consultas, de esperas, de aprender otra vez cosas que ya sabías hacer sin pensarlas. La autora respeta esa duración y no la comprime para que el relato avance más deprisa. Hay páginas de rehabilitación que son páginas de repetición, porque la rehabilitación es repetición, y una agradece que nadie haya decidido resumirlo en una frase bonita. Los libros que tienen prisa por llegar al sentido se saltan justo la parte donde la gente vive.
Me he reído bastante, cosa que no esperaba. Hay un humor en este libro que no es el humor defensivo del que hace bromas para que no le pregunten, sino uno más afilado, con puntas hacia fuera, que se mete sobre todo con la manera que tienen los demás de comportarse delante de alguien a quien le ha pasado algo. Las frases que la gente dice sin pensar. Las miradas. El empeño de los sanos en encontrarle un sentido edificante a la desgracia ajena. Todo eso está aquí contado con mucha gracia y con muy poca clemencia.
Y luego está la sinceridad, que es lo que a mí me ha hecho parar varias veces. Hay una manera de ser sincero que consiste en confesar cosas feas para que se admire la valentía de confesarlas, y no es esta. Aquí la primera persona no pide nada. Cuenta lo que hubo, incluido lo que no favorece a quien lo cuenta, y sigue adelante sin detenerse a recoger la compasión que le correspondería. A una, que desconfía bastante de los libros donde el autor sale siempre bien parado, esto le parece un valor enorme.
Me paré también en lo que el libro cuenta sobre la sanidad pública, que podría haber sido el tramo más previsible y no lo es. No hay aquí ni panfleto ni acción de gracias. Hay una descripción de cómo funciona por dentro un sistema cuando te toca atravesarlo entero: lo que resuelve bien, lo que depende de que ese día haya alguien con ganas, lo que se sostiene sobre profesionales que llegan hasta donde pueden llegar. A una, que ha pasado sus ratos en pasillos de hospital acompañando a los suyos, le parece que esas páginas valen más que muchos artículos de opinión, precisamente porque no vienen a demostrar nada.
No todo me convence por igual. En un par de tramos el libro se abre a demasiados frentes a la vez y me quedé con ganas de que volviera antes a lo concreto: cuando Pérez de las Heras está en la habitación, en el pasillo, en la consulta, en el detalle físico de los días, escribe de una manera que no tiene sustituto, y alguna de las digresiones más generales me sacó de ahí sin devolverme del todo. Es un peaje de los libros que quieren ser a la vez testimonio y pensamiento, y en este caso el peaje es pequeño.
Salgo del libro con la sensación de haber estado hablando mucho rato con alguien que no me ha pedido que la consuele. Que es, creo, lo más parecido a la amistad que puede ofrecer un libro así. Merece la pena que se dejen encontrar por él, y merece la pena sobre todo si creen que no va con ustedes, porque de eso va también: de lo mal que estamos entrenados para acompañar a la gente cuando le cambia el cuerpo.
— Ángela de Claudia Soneira








