Un cuento es una maniobra de abordaje: poco tiempo, ningún margen y la certeza de que alguien va a salir mal parado. Joyce Carol Oates lo sabe desde hace décadas, y la ficha de la edición la presenta como «auténtica leyenda del género» y recuerda que ha sido finalista del Premio Pulitzer en cinco ocasiones. Les confieso que cuando una editorial echa mano de la palabra leyenda, yo suelo echar mano de la cartera con desconfianza. Pero aquí lo que cuenta no es el adjetivo, señoras y señores, sino el material: Frenesí, que llegó a las librerías españolas el 22 de octubre con 344 páginas, es una colección de relatos de suspense psicológico, y no una novela, conviene decirlo para que nadie se llame a engaño.
El original inglés se titula The Frenzy: Stories y lo publicó Hogarth en junio de 2026. La versión de Alfaguara, dentro de su colección de narrativa internacional, retoma, según la ficha, temas que son de la autora desde siempre: los peligros de la juventud desprotegida, la entrada en la edad adulta, la amistad entre mujeres. No me pidan más teoría de la que consta; me pidan los casos, que son los que dan la medida de un libro de relatos, y que la ficha y la edición inglesa detallan con una sobriedad que agradezco.
Una joven se venga de un amante mucho mayor. Un accidente de bicicleta persigue a una familia durante décadas. Una niña siente celos de su prima. Una viuda espera en su casa el regreso de su marido muerto. La edición inglesa añade un joven que, en un bosque, presencia la discusión posiblemente violenta de una pareja. Cinco asuntos; ninguno, a primera vista, con aspecto de milagro. Y ese es precisamente el interés del conjunto: son situaciones de las que cualquiera de nosotros ha oído hablar en la sobremesa, en un velatorio o en una cena que acabó mal, y lo que las convierte en literatura no es lo que ocurre, sino el instante en que ocurre. La ficha lo formula así: momentos de peligro en los que una mala elección o un encuentro fatal pueden cambiarlo todo.
Ese instante es el territorio del cuento, y hay que respetarlo. Quien ha estado alguna vez en una guardia larga sabe que las peores cosas no suceden durante la tormenta sino en el segundo en que alguien decide mal con la tormenta encima. Un relato de suspense psicológico vive de esa decisión: de cómo se llega a ella, de lo que se sabía y de lo que se prefirió no saber. Que Oates haya hecho de ese segundo su especialidad, siempre según lo que consta y no según mi simpatía, es lo que justifica que el libro merezca una lectura atenta y no un vistazo de librería.
Debo ser claro sobre mis límites. No tengo el libro delante, y lo que digo se apoya en la ficha editorial y en la descripción de la edición original. No puedo juzgar la calidad de cada relato, ni si hay alguno que flaquee, que es lo habitual en cualquier colección. Un volumen de cuentos es siempre un archipiélago con islas de distinta altura, y el lector avisado lo sabe y lo agradece. Lo que sí puedo decir es que el planteamiento es el de alguien que no se anda con rodeos, y que la brevedad del género obliga a esa clase de honradez.
Hay además una cuestión de oficio que me interesa más que el argumento. Oates trabaja con personajes en momentos de crisis, y la crisis, en un cuento, es un cuchillo sin vaina: se corta uno al sostenerlo. Lo que se espera de quien lo maneja es que sepa dónde hay filo y dónde no, y no ponga sangre donde basta con sugerirla. Si lo ha conseguido en estas páginas es cosa que el lector decidirá por su cuenta. Yo me limito a señalar el sitio.
Un último apunte de oficio, que dejo por escrito para que nadie me lo reproche después. La colección parte de un hecho verificable —un título publicado en inglés en junio de 2026 y editado en castellano cuatro meses más tarde— y de una autora con una trayectoria larga que la propia ficha subraya. Todo lo demás, incluida la pregunta de si estos relatos están a la altura de su reputación, queda en manos de quien abra el libro. Yo les doy el mapa; el territorio, como siempre, hay que pisarlo.
Si les gusta el peligro bien administrado, ya saben dónde buscarlo. Y si les asusta, también.
— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás








