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En el camping, de Soledad Puértolas. Diez relatos sobre lo que dejamos de decirnos

¿A ustedes también les pasa que hay amigas con las que ya no saben muy bien cómo dejaron de verse? No hubo pelea, ni frase gorda, ni portazo. Hubo una mudanza, un cambio de trabajo, dos años rarísimos en los que nadie salía de casa, y de pronto una descubre que lleva un lustro sin llamar a alguien que sabía cómo era su habitación de adolescente. A mí me ocurre con dos o tres, y cada cierto tiempo me prometo arreglarlo y no lo arreglo. Y el primer cuento de En el camping, el nuevo libro de Soledad Puértolas, me puso el dedo justo ahí, sin avisar y sin hacer sangre.

Son diez relatos, ciento cuarenta y cuatro páginas, publicados por Anagrama, que es la casa en la que Puértolas lleva viviendo literariamente media vida. El que abre reúne a dos viejas amigas a las que el tiempo ha ido distanciando y que dejaron de verse durante la pandemia; cuando se reencuentran comparten sobre todo una cosa, la perplejidad ante un mundo que entienden cada vez menos y del que ninguna se atreve a decir en voz alta que ya no acaba de ser el suyo. No hay drama. Hay dos mujeres hablando y midiendo por dentro, cada una por su cuenta, cuánto queda de lo que hubo.

Después vienen los demás, y son de esos que se recuerdan por un detalle. Una llamada que no se respondió y que termina marcando una vida entera; a mí este me dejó tocada, porque todos guardamos una llamada así. Una anciana alojada en casa de su hija que se convierte, desde el sillón y sin proponérselo, en testigo de los devaneos amorosos del portero del edificio con una criada. Parientes lejanos que reaparecen como reaparecen los parientes lejanos, es decir, en el peor momento y con una naturalidad pasmosa. Un busto de Miguel Servet. Y ese reencuentro en un camping durante un verano en las Rías Baixas que da título al conjunto y que huele a toldo caliente y a cena tardía. Los campings tienen eso: uno va a descansar y acaba conociendo la vida entera de la familia de la parcela de al lado.

Lo que hace Puértolas con este material es difícil de explicar sin que parezca poca cosa, que es exactamente el riesgo de la buena literatura discreta. Ella declaró a The Objective que no parte de ninguna teoría del cuento y que su impulso es más bien poético, «coger un matiz de la vida y resaltarlo». Uno lee eso y piensa que es una manera modesta de decirlo, hasta que llega al tercer relato y comprueba que es literalmente el método: hay un matiz, uno solo, y todo el cuento existe para que ese matiz se vea.

El hilo que ella misma identifica en el conjunto es doble: la búsqueda de lo extraordinario o de lo poético, y esas cosas que se dejan de decir, esas ausencias. Me quedo con lo segundo, porque me parece lo más suyo. En estos cuentos casi nunca ocurre lo importante en la escena: ocurre justo antes, o justo después, o en una habitación contigua, y lo que leemos son las consecuencias educadas de algo que nadie nombró. Hay un relato que arranca de una leyenda aragonesa que ella misma se inventó hace años y que reaparece aquí como reaparecen las mentiras que uno contó de joven, con vida propia.

De fondo hay una novela. Puértolas contó que estos son los cuentos que ha escrito en este trozo de su vida mientras tenía una novela en desarrollo, una novela que lleva quince años gestándose. Quince años. A mí esa cifra me produce una mezcla de vértigo y de alivio: vértigo por lo que supone convivir tanto tiempo con un libro que no termina de salir, y alivio porque en un oficio donde todo el mundo anda publicando a toda prisa, que alguien se tome quince años para algo es casi un acto político.

Puértolas nació en Zaragoza en 1947 y es miembro de la Real Academia Española, cosa que en su caso no se nota nunca en la página, y eso es un elogio. Detrás quedan El bandido doblemente armado, Burdeos, Queda la noche, La vida oculta, que ganó el Premio Anagrama de Ensayo en 1993, Con mi madre, Cielo nocturno. Ovidio Parades ha emparentado su depuración del lenguaje con la de Chéjov y la de Alice Munro, y el parentesco no es gratuito: en los tres hay esa cosa de contar poco y que duela mucho, sin subir la voz ni una vez.

Cerré el libro un domingo por la tarde, que es la hora en que estas cosas se notan más, y lo primero que hice fue mirar el móvil y buscar un nombre. No llamé, para qué voy a mentirles; me quedé con el dedo encima. Pero el impulso lo dio el libro, y a mí eso ya me parece bastante. Léanlo despacio, uno o dos cuentos por noche, que están escritos con esa calma y agradecen que se los lea igual.

— Ángela de Claudia Soneira

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