Conservo desde hace años una costumbre que no sé si recomendarle a nadie: cuando paro en un pueblo pequeño, sea de Castilla o del sur de Francia, me acerco al monumento a los caídos de la plaza y leo los nombres. Todos. Despacio. No es devoción ni morbo, es oficio: uno acaba sospechando que detrás de cada apellido grabado hubo un chaval con novia, con un trabajo a medio aprender y con una madre que lo esperó más de la cuenta. Los monumentos están hechos para lo contrario, para que los nombres se conviertan en piedra y dejen de incomodar. Uno lee, sigue camino y a los cinco minutos ya no recuerda ninguno. Así funciona la memoria colectiva cuando se la deja sola.
A Hervé Le Tellier le ocurrió algo parecido y reaccionó como debe reaccionar un escritor que se respete: no siguió camino. Había comprado una casa de campo en Montjoux, un pueblo de la región francesa de la Drôme, y encontró en la fachada una inscripción con un nombre, André Chaix. Corría 2020, el año del confinamiento, cuando el mundo se quedó quieto y de pronto hubo tiempo para mirar las paredes. Luego reencontró el mismo nombre en el monumento a los caídos de la plaza. De ese doble hallazgo —una pared privada, una piedra pública— sale El nombre en el muro, que Seix Barral publica en Biblioteca Formentor con traducción de Pablo Martín Sánchez, y que en unas ciento noventa páginas hace lo que no consiguen muchos tochos de setecientas.
Chaix era hijo del panadero del pueblo y aprendiz de ceramista. Nacido en mayo de 1924, enamorado de una muchacha llamada Simone, enrolado en el maquis Morvan. Murió el 22 de agosto de 1944, ametrallado por un carro de combate alemán en retirada tras el desembarco aliado en el Mediterráneo. Veinte años y tres meses. Su funeral se celebró en la iglesia de Montmeyran en 1949, cinco años después, detalle en el que conviene detenerse: hasta para enterrar a los suyos, aquella Francia necesitó tiempo. Le Tellier reconstruye todo eso con la paciencia del que no tiene prisa por publicar, y casi todo el libro transcurre entre Montjoux y Dieulefit, en un territorio de pocos kilómetros que de repente se vuelve enorme.
Digo libro y no novela, y ahí está una de sus virtudes. Esto no es novela histórica ni biografía al uso —Le Tellier tiene demasiado oficio para caer en la reconstrucción con diálogos inventados—, sino una mezcla de investigación, ensayo, reflexión y memoria personal, con fotografías y reproducciones de documentos intercaladas. El autor, que además de novelista es poeta, periodista, matemático y crítico, y que se llevó el Goncourt en 2020 con La anomalía, sabe que el archivo tiene elocuencia propia y que a veces una ficha, una foto movida o una carta valen más que tres páginas de prosa emocionada.
Hay un momento en que el libro da un salto que a algunos les ha parecido excesivo y a mí me parece el nervio del asunto. Le Tellier introduce el experimento de la Tercera Ola, aquel ensayo llevado a cabo en un instituto californiano en los años sesenta para mostrar a unos alumnos con qué facilidad una comunidad ordenada, educada y razonable se desliza hacia la obediencia y el uniforme. No es un adorno. Es la pregunta de fondo: qué hace falta para que un pueblo de panaderos y ceramistas produzca un André Chaix, y qué hace falta para que produzca lo contrario. Escribir hoy sobre la Resistencia sin plantear eso sería hacer turismo. Le Tellier no hace turismo.
El propio autor señala la coincidencia: 2024 fue a la vez el centenario del nacimiento de Chaix y el octogésimo aniversario de su muerte. Con eso, otro habría despachado una efeméride y un artículo de domingo. Frédéric Beigbeder escribió en Le Figaro Magazine que estamos ante «un libro necesario», y aunque desconfío por sistema de los adjetivos que la crítica reparte a domicilio, esta vez el hombre acierta. Les Inrocks habló de gesto político; Rockdelux subrayó su ideario antifascista. Todos apuntan a lo mismo: el libro toma partido sin necesidad de ponerse a gritar.
No todo son elogios, ni falta que hace. Se le ha reprochado desde algún blog falta de estructura y saltos argumentativos poco fluidos, y no diré que sea una objeción estúpida. El texto va y viene, se detiene donde le apetece, abandona un hilo para recuperarlo treinta páginas más allá. Ocurre que eso es exactamente lo que le pasa a cualquiera que investiga de verdad: la documentación no llega ordenada, llega a trompicones, con lagunas y con hallazgos que no encajan. Le Tellier ha preferido enseñar la costura antes que fingir que el traje salió entero de la tijera. A unos les molestará. A mí me parece honradez.
Y queda lo mejor, que es lo que no se resuelve. Quién escribió aquel nombre en el muro de la casa sigue sin saberse cuando el libro se cierra. Le Tellier no fabrica un final. Podría haberlo hecho —bastaba una insinuación, un quizá fue Simone bien colocado— y no lo hace, porque un escritor decente distingue entre lo que averiguó y lo que le habría gustado averiguar. El nombre se queda ahí, escrito por una mano desconocida, que es la manera más exacta de decir que la memoria de los muertos anónimos no es propiedad de nadie.
Léanlo. Y si alguna vez pasan por un pueblo pequeño y ven una plaza con una piedra y unos apellidos grabados, párense un minuto. No hace falta más. Los nombres están ahí para que alguien pregunte, y casi nunca pregunta nadie.
— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás








