Hace unos días me encontré con una amiga en la calle —de esas amigas que lees más de lo que las ves— y me preguntó si había leído ya lo nuevo de Gómez Bárcena. Le dije que estaba en ello. Me dijo que le habían dicho cosas muy distintas: que era brillante, que era pretencioso, que era lo mejor que había escrito, que era demasiado. Me quedé pensando en eso mientras volvía a casa, porque me parece que un libro al que le dicen cosas tan distintas es, casi siempre, un libro que ha hecho algo.
Abril o nunca, que publica Seix Barral, es la novela más esperada de Juan Gómez Bárcena desde que El cielo de Lima le pusiera en el mapa de los narradores españoles a tener en cuenta. Y es, también, la novela que confirma que Gómez Bárcena no está interesado en escribir el mismo libro dos veces. Eso siempre da un poco de vértigo, y creo que ese vértigo es parte de lo que explica las reacciones tan distintas.
No voy a contar la historia porque parte del placer de este libro es descubrir de qué va sin que nadie te lo explique antes. Lo que sí puedo decir es que hay en él una pregunta sobre el tiempo que me ha acompañado varios días después de cerrarlo. Cómo se vive en el tiempo que a uno le toca. Qué se hace con el presente cuando el presente no es lo que uno había imaginado. Son preguntas grandes, ya sé, pero Gómez Bárcena las hace pequeñas —las encarna en personas concretas, en situaciones que uno reconoce aunque sean inventadas— y eso es lo que me parece más valioso de su manera de narrar.
La crítica dividida de la que me habló mi amiga tiene, creo, una explicación sencilla: este es un libro que exige algo del lector. No mucho, no se asusten. Pero sí una disposición a seguirle sin saber exactamente adónde va. A los lectores que buscamos eso en la literatura nos parece un regalo. A los que prefieren el camino señalizado puede resultarles incómodo. Ninguna de las dos posiciones está mal.
A mí me ha llegado, que es la manera menos pretenciosa que encuentro de decir que me ha importado. Hay una escena cerca del final —que no voy a contar— que me hizo parar y releer el párrafo anterior, y luego el anterior, y darme cuenta de que el libro llevaba páginas preparándome para ese momento sin que yo lo supiera. Eso requiere un escritor que confía en lo que hace. Gómez Bárcena confía, y tiene razones para hacerlo.
La crítica que dice que es pretencioso no es completamente injusta: hay momentos en que el libro parece más consciente de su propia ambición de lo que le conviene. Pero son momentos, no el tono general. Y la ambición, cuando está respaldada por talento, es preferible a su contrario.
Merece la pena leerlo, y merece la pena leerlo sabiendo que no todo el mundo va a reaccionar igual. A veces eso es la mejor señal de que uno está ante algo que de verdad tiene vida propia.
— Ángela de Claudia Soneira








