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Cleopatra, de Saara El-Arifi: Lo que los historiadores decidieron no ver

Cleopatra, de Saara El-Arifi: Lo que los historiadores decidieron no ver

Hay una frase en el arranque de Cleopatra que lo explica todo antes de que la novela comience de verdad: «Conocéis mi nombre. Pero no me conocéis a mí.» Saara El-Arifi la pone en boca de una reina que lleva dos mil años siendo nombrada por otros, interpretada por otros, reducida por otros a los dos o tres atributos que la narrativa masculina encontró más manejables: la seducción, la brujería, la ambición devoradora. La apuesta de esta novela, publicada en España por Contraluz en marzo de 2026, es sencilla en su formulación y compleja en su ejecución: devolver a Cleopatra su propia voz.

El mecanismo no es nuevo. Madeline Miller lo utilizó con Circe en 2018 y abrió una corriente de ficción histórica que rescata figuras femeninas de la mitología y la historia antigua para restituirles la densidad que la tradición les negó. El-Arifi sigue esa estela con plena consciencia de lo que hace, pero con un material y una perspectiva propios que la distinguen de sus predecesoras: es una autora con un máster en Estudios Africanos especializado específicamente en el mito de Cleopatra y su impacto sobre las mujeres negras. No escribe desde la fascinación turística por el antiguo Egipto. Escribe desde el conocimiento y desde la reivindicación.

La estructura de la novela abarca la vida de Cleopatra en tres partes, desde su formación hasta el final de su reinado. Lo que cambia respecto a la versión canónica no son los hechos, que la historia ha fijado con suficiente rigor, sino el punto de observación. Cleopatra no habla aquí desde la muerte sino desde la vida: «una mujer poderosa, estratégica, devota de sus hijos y bendecida por los dioses». Esa reformulación tiene consecuencias narrativas inmediatas. La reina que aparece en estas páginas no es el instrumento de César ni de Marco Antonio; es una gobernante que usa esas alianzas con la misma calculada deliberación con que ellos las usaron a ella. El libro recoge esa doble verdad sin disimulo: «Con qué empeño se niegan a reconocer que una mujer podía ser poderosa, estratégica, gobernar por bendición divina. La muerte no continuará silenciándome.»

El mérito de El-Arifi no está en la corrección política del retrato —que la hubiera hecho más previsible— sino en que Cleopatra, tal como la construye, tiene contradicciones. Es madre y es estratega. Es devota y es calculadora. Es amante y es monarca. La novela no resuelve esa tensión sino que la sostiene, y en eso reside su eficacia narrativa: en que ninguna de esas facetas anula a las demás. La Alejandría que habita esta Cleopatra no es un escenario de cartón pintado sino un espacio político real, con sus tensiones dinásticas, sus rivalidades cortesanas y su posición en el tablero del Mediterráneo antiguo.

Para el lector que llega desde la fantasía épica —El-Arifi debutó en España con Faebound (Faeris, 2024), primera entrega de una trilogía inspirada en leyendas ghanesas— el salto a la ficción histórica puede parecer un giro. No lo es. La autora ha venido construyendo, desde The Final Strife, una obra centrada en la agencia femenina en mundos donde el poder tiene rostro masculino. Cleopatra es la versión más directa, la más explícitamente anclada en la historia real, de esa misma preocupación. El cambio es de registro, no de proyecto.

Las quinientas cuatro páginas de esta novela no siempre sostienen el mismo pulso. La parte central, la más densa en política dinástica, exige del lector una paciencia que no todos estarán dispuestos a conceder. Pero la voz narradora tiene una consistencia que compensa esos tramos: irónica sin ser anacrónica, digna sin ser solemne. El-Arifi sabe que el mayor riesgo al escribir sobre una figura tan codificada culturalmente es que el lector proyecte sobre ella todos los Cleopatras previos —Shakespeare, Hollywood, el péplum italiano— y no vea a la que el libro intenta mostrar. La primera frase de la novela está pensada para cortar esa proyección de raíz. Funciona.

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