La narrativa histórica española ha encontrado en los últimos años un terreno fértil en la recuperación de figuras femeninas silenciadas: mujeres que la Historia oficial enterró bajo nombres de varones más visibles o simplemente barrió del relato. Sonsoles Ónega, que ya demostró con Las hijas de la criada su capacidad para construir personajes femeninos con densidad real en contextos de época, regresa con Llevará tu nombre a ese mismo territorio, aunque con una ambición narrativa distinta.
La novela arranca en el verano de 1882, en Comillas. El descubrimiento de un cadáver en la playa pone en marcha un mecanismo que la protagonista —Mada Riva, joven, sin recursos ni aliados— no puede detener. Acusada injustamente, su propia familia firma su condena y la hace desaparecer. Mada llega a un Madrid convulso y fascinante donde tendrá que rehacerse desde cero, encontrar un lugar y, finalmente, recuperar algo que le pertenecía: su nombre.
Conviene detenerse en lo que la novela hace bien, porque lo hace con oficio. Ónega domina el ritmo narrativo: sabe cuándo acelerar y cuándo detenerse, cómo sostener la tensión en una trama que combina intriga, retrato social y novela de formación sin que ninguno de esos registros aplaste a los demás. La ambientación del Madrid finisecular está trabajada con cuidado, y la relación que se construye entre Mada y don Gonzalo —el hombre que la emplea y que acabará cautivado tanto por su belleza como por esa rebeldía que la define— tiene una progresión creíble, sin concesiones fáciles al sentimentalismo.
No obstante, Llevará tu nombre es también un libro que se sabe destinado a un público amplio, y esa conciencia tiene su precio. La prosa, eficaz, no aspira a sorprender: funciona como vehículo y rara vez como materia en sí misma. Hay momentos en que la profundidad psicológica de Mada se resuelve con más rapidez de la que el personaje merecería. La injusticia que padece queda trazada con claridad, pero el análisis de las estructuras que la producen permanece en un segundo plano, subordinado siempre al avance de la trama.
Merece la pena subrayar, con todo, que Ónega no caricaturiza a su protagonista ni convierte su peripecia en un manifiesto anacrónico. Mada es una mujer del siglo XIX que razona con los instrumentos que tiene a su disposición, y eso le da al relato una verosimilitud que se agradece. El libro se lee con la misma atención que exige una buena novela de género, y eso, que puede parecer poco, es en realidad bastante.
Es, en definitiva, una novela de Sonsoles Ónega: sólida, atenta a sus lectores, trabajada con voluntad de permanencia. El nombre de Mada Riva no desaparece de quien la lee. Y eso, al fin y al cabo, es lo que la novela prometía.
— Antonio Isidro Graña Ojeda








