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Vera, una historia de amor, de Juan del Val. La vida que una se inventa cuando ya no hay más guión

Hace unas semanas, una amiga me llamó para contarme que se separaba. No lloraba. Hablaba despacio, como quien toma nota de algo que lleva tiempo sabiendo pero que necesitaba decir en voz alta para que fuera verdad. Lo primero que me dijo fue: «No sé quién soy yo sin esto.» Y yo, que no tenía nada útil que responder, pensé en Vera.

Vera tiene cuarenta y cinco años y lleva veinte siguiendo las reglas de una vida que en algún momento eligió, o que le fue dada y ella aceptó sin preguntarse demasiado. Es la mujer de un marqués. Una casa grande, una posición social reconocible, una existencia ordenada con esa clase de orden que se parece mucho a la jaula bien tapizada. Cuando todo eso desaparece, Vera no llora. Empieza, más bien, a hacerse preguntas que nunca se había permitido.

Juan del Val ganó el Premio Planeta 2025 con esta novela, y ya sé lo que va a decirme quien la haya visto en los escaparates: es un libro de éxito, de los que se regalan y se leen en la playa. Puede que sí. Pero a mí, que soy de las que desconfían de los prejuicios al menos tanto como de los entusiasmos fáciles, Vera me ha sorprendido por una razón concreta: Del Val escribe a su protagonista desde adentro, sin condescendencia, sin ese tono levemente paternalista con el que tantos autores masculinos se acercan a las mujeres que se rebelan. Vera no es un símbolo ni una víctima ni un ejemplo. Es una mujer que, de repente, tiene tiempo para mirarse.

En ese tiempo aparece Antonio. Más joven, de origen modesto, ajeno a ese mundo de apellidos y protocolos. Lo que los une no es solo la atracción —aunque también es eso, y el libro no lo esconde ni lo adorna—, sino algo más difícil de nombrar: la sensación de que alguien te ve sin el inventario de todo lo que llevas encima. Una se da cuenta de que Del Val está hablando de algo muy preciso, que es el modo en que aprendemos a ser ante los demás mucho antes de saber quiénes somos. Y lo que hace Vera, a los cuarenta y cinco años, es desaprender. Es un proceso poco heroico y bastante incómodo, y la novela lo trata con la seriedad que merece.

La prosa es directa, de frase limpia, sin alardes. A veces uno desearía un poco más de espesor, algún párrafo donde el tiempo se dilate. Pero hay algo en esa contención que funciona: el libro avanza como Vera avanza, sin detenerse demasiado en el dolor, buscando la salida con una mezcla de valor y perplejidad que resulta muy reconocible. La novela, en sus mejores momentos, consigue eso que solo logran los libros que de verdad tratan sobre la vida: que uno la cierre pensando en alguien que conoce.

Mi amiga, la que me llamó, no ha leído todavía a Juan del Val. Quizás no sea su tipo de libro. Pero si algún día le pregunto quién es ella sin lo que tenía, espero que la respuesta se parezca un poco a la de Vera: algo nuevo, incierto, con el miedo justo.

— Ángela de Claudia Soneira

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