Hay libros que llegan con demasiado ruido alrededor y que, una vez abiertos, consiguen sobrevivir a ese ruido. La mejor edad, de Luis García Montero, es uno de ellos. El director del Instituto Cervantes regresa a la novela doce años después de Alguien dice tu nombre, y la prensa cultural ha tratado el acontecimiento con la solemnidad que se reserva a los regresos que se esperan. Conviene decir desde el principio que el libro sostiene esa atención, aunque no exactamente de la manera que los elogios previos hacían prever.
La novela pone en escena el encuentro, décadas después, entre un ex presidiario y el juez que lo condenó en 1975. No es una novela histórica al uso. No se contenta con reconstruir la época: usa la época para hacer una pregunta sobre el tiempo, sobre lo que permanece en los cuerpos y en las conciencias cuando los grandes relatos han cambiado de nombre pero no siempre de estructura. García Montero, que es poeta antes que novelista y que no ha renunciado a serlo, construye esa pregunta con una precisión que a veces sorprende por su frialdad.
Lo que más interesa de La mejor edad es su dispositivo narrativo. Los dos protagonistas se necesitan mutuamente para completar lo que cada uno no puede contar solo. El juez tiene la versión oficial, la que cuadra con los papeles. El ex preso tiene la otra versión, la que no estaba en los papeles. La novela no resuelve la contradicción entre ambas: la mantiene abierta, y en esa apertura reside su gesto más inteligente.
Se ha dicho que esta es una novela sobre la culpa. Lo es, pero hay que decirlo con más precisión: es sobre la culpa como algo que se hereda, que se transmite, que no desaparece cuando cambian las leyes. García Montero viene de la poesía de la experiencia, de esa tradición que insiste en que el lenguaje debe tocar la vida concreta, y aquí aplica esa poética a la narrativa con resultados que no son siempre uniformes pero que, en sus mejores momentos, tienen la densidad de un poema largo.
Hay costuras visibles. Algunos diálogos funcionan más como exposición de tesis que como intercambio entre personas; hay momentos en que el símbolo pesa más de lo que el relato puede sostener. Estas son objeciones menores frente al conjunto, pero merece la pena señalarlas porque el libro las habría ganado sin ellas.
La recepción crítica de abril ha sido amplia y, en general, entusiasta. Lo que esa recepción ha tendido a subrayar es el regreso, la figura del autor, el simbolismo de los doce años de silencio novelístico. Lo que ha tendido a pasar por alto es la pregunta más incómoda: si el libro habría tenido el mismo tratamiento firmado por un nombre menos conocido. La respuesta no invalida la novela, pero sí obliga a leerla con más cuidado del que los elogios fáciles invitan a tener.
Leída con ese cuidado, La mejor edad aguanta. No es la mejor novela de la temporada, pero sí es un libro serio, construido con honestidad, que no trata a su lector como a alguien que necesita que le expliquen lo que ya sabe. Eso, en el panorama actual, no es poco.
— Ana María Olivares








