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La vida en el límite, de Tetyana Ogárkova y Volodímir Yermólenko. Ser ucraniano hoy, entre la crónica y el ensayo

La vida en el límite no es un libro sobre la guerra de Ucrania. Es un libro sobre lo que la guerra le hace a las palabras con que nos entendemos: tiempo, espacio, amor, hogar, muerte. Conviene decirlo desde el principio porque la diferencia no es de matiz. Libros del Asteroide presenta el volumen, firmado por Tetyana Ogárkova y Volodímir Yermólenko, como un híbrido entre crónica y ensayo, escrito a cuatro manos, que parte de testimonios recogidos en el frente y del conocimiento de la historia y la cultura ucranianas para examinar cómo la guerra, a gran escala desde febrero de 2022, afecta a esas nociones básicas.

Hay que insistir en una cosa: la elección del objeto. No se trata de explicar quién avanza y quién retrocede, sino de preguntar qué pasa con el tiempo de quien vive bajo alarmas, con el espacio de quien ya no reconoce su calle, con el amor y el hogar de quien los administra en precario. Es una pregunta que el parte de guerra no formula y que la geopolítica rara vez se permite. Me parece, y lo digo como lectura y no como dato, que el debate español sobre Ucrania se ha movido casi siempre entre esas dos orillas, la del parte y la de la estrategia, y ha dejado poco sitio para la vida cotidiana de los afectados. Un libro que se coloque en ese hueco hace algo distinto de lo que suele hacerse.

La ficha cita una frase de la contraportada que describe esa ruptura del tiempo: «Nos han arrojado a la orilla de una nueva realidad». No basta con decir que la frase suena bien. Lo que cuenta es lo que propone: que la guerra no es un episodio que interrumpe la normalidad, sino una realidad nueva en la que hay que aprender de nuevo a vivir. Esa tesis, si el libro la sostiene con rigor, tiene consecuencias para el lector que no vive allí. Le quita la comodidad del espectador que espera el regreso a un estado anterior.

Hay otro gesto que merece atención. La presentación del libro no se queda en la devastación. Recuerda también lo que la contienda no logra destruir: la confianza en los demás, la memoria, la necesidad de belleza. Es una distinción importante, porque separa el testimonio del martirologio. Un texto que solo registrara pérdidas confirmaría la idea de que Ucrania es únicamente un lugar donde se sufre; uno que registra también lo que resiste devuelve la agencia a quienes lo viven. Que esa sea la intención declarada no garantiza que el libro lo consiga, pero sitúa la apuesta con claridad.

Conviene no pasar por alto la firma doble. La ficha describe a los dos autores como «dos de las voces más lúcidas de la Ucrania actual». La página de la editorial no incluye datos biográficos adicionales, de modo que no me corresponde añadir credenciales que no constan; sí me corresponde señalar que un libro «escrito a cuatro manos» sobre un país en guerra es, en sí mismo, una declaración sobre cómo se piensa lo colectivo: con voces que se complementan, no con un solo narrador que lo explica todo. Ese dispositivo puede ser una fortaleza o una dificultad de coherencia, y solo la lectura dirá cuál.

No es un libro de consumo rápido, y la edición lo confirma: casi trescientas páginas, concretamente doscientas noventa y seis, en rústica, a veintidós euros con noventa y cinco. Tampoco es, por su planteamiento, un libro que pueda leerse con distancia. La palabra «hoy» del subtítulo, Ser ucraniano hoy, es el pacto de lectura: lo que se cuenta no está resuelto, ni archivado, ni a salvo del lector.

Cabe una objeción, y la formulo para no esquivarla. Un libro de testimonios y reflexión sobre una guerra en curso corre el riesgo de volverse rehén de la actualidad: lo que hoy parece lucidez puede mañana quedar anticuado por los hechos. La respuesta a ese riesgo suele ser el anclaje en la historia y en la cultura, y la ficha menciona ambos como parte del método. Es, por tanto, una apuesta consciente.

Este es el tipo de libro al que merece la pena dedicarle una conversación larga, y más de una. No porque nos diga lo que debemos pensar de Ucrania, sino porque obliga a preguntarnos por qué hemos dejado de preguntar a los ucranianos lo que significa vivir así.

— Ana María Olivares

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