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Cortarse el cabello, de Rosario Villajos. Diecisiete maneras de perder algo

Diecisiete relatos y un solo agujero en el centro. Cortarse el cabello, primer libro de cuentos de Rosario Villajos, publicado por Seix Barral en Biblioteca Breve el 18 de febrero de 2026, está articulado en torno a la pérdida, y conviene precisar de qué modo, porque la palabra pérdida se ha vuelto tan elástica en las contraportadas que ya casi no significa nada.

Aquí significa cosas concretas. Un hombre al que siempre acompaña un enjambre de abejas. Una joven que huye de casa para vivir entre los sioux. Una madre que se niega a deshacerse del cadáver de su hijo. Un chico que se enamora de alguien que llama demasiado la atención. Pérdida de la inocencia, de los otros, del cuerpo, del yo: cuatro pérdidas distintas que el libro no ordena en escalera moral, sino que reparte como quien reparte cartas.

Villajos llegaba a este libro con una obligación incómoda. La educación física obtuvo el Premio Biblioteca Breve 2023 por unanimidad, con un jurado que subrayó su indagación en la identidad a través del cuerpo, y ese tipo de reconocimiento tiende a producir un libro siguiente obediente. Cortarse el cabello no lo es. Es su primer volumen de cuentos y se comporta como tal: prueba registros, cambia de temperatura, arriesga.

Lo que sostiene el conjunto no es un tema, es un procedimiento. La muerte aparece unas veces como materia doméstica —el trámite, la casa, lo que se hace con la ropa— y otras solo puede narrarse a través de seres extraordinarios: vampiros, fantasmas, mujeres-lobo, criaturas de cabelleras imposibles. Ese doble régimen es la decisión más interesante del libro. Villajos parece haber entendido que hay pérdidas que el realismo no alcanza, no por falta de talento sino por falta de instrumento, y que para nombrarlas hace falta abandonar el pacto de verosimilitud sin abandonar la precisión.

Hay un segundo procedimiento, este estructural. El libro se lee como un tejido: un cuento continúa dentro de otra historia, o se bifurca, hasta que aparece una voz nueva que lo recoge y sigue. No es el artificio del collar de perlas. Obliga a leer con memoria, a sospechar que aquella mujer del relato cuarto es la que ahora habla en el noveno, y produce un efecto raro y valioso: la sensación de estar leyendo un solo cuerpo repartido en piezas.

De ahí el título, que es lo mejor pensado del volumen. El cabello cortado sirve para dos cosas opuestas y el libro las usa las dos: es el gesto del luto, la cabeza rapada, la renuncia, lo que se entrega; y es al mismo tiempo lo único del cuerpo que sigue creciendo después de que te lo corten. Potencia vital, entonces, alojada dentro del mismo símbolo que nombra la pérdida.

Begoña Méndez, en El Cultural, llamó a estos cuentos «relatos prodigiosos», habló de elegancia borgiana y de una prosa sabia y despojada, y sostuvo algo más útil que el elogio: que este no es un libro de duelo, sino una obra donde nacer y morir funcionan como procesos hermanos. Suscribo la corrección, y la subrayo. Se sabe que el material de fondo es la muerte del padre de la autora, reelaborada en clave fantástica, y ese dato ha empezado a circular como llave maestra de lectura. Es un error de método. Convierte un libro en un documento y a la autora en una paciente. Villajos no ha escrito su duelo: ha escrito a partir de él, que es exactamente lo que separa la literatura del desahogo.

Conviene decir también dónde el libro cede. Diecisiete relatos son muchos, y en un volumen que apuesta por la continuidad hay piezas que funcionan sobre todo como puente entre las dos que las rodean. Algún cuento se resuelve antes de haber terminado de instalar su mundo, y el efecto de tejido, tan eficaz en el tramo central, se afloja hacia el final, cuando el lector ya ha aprendido el mecanismo y lo espera. No es un defecto grave. Es la costura visible de un libro que prefiere arriesgar la irregularidad antes que repetir un molde diecisiete veces.

La trayectoria de Villajos explica parte de todo esto. Nacida en Córdoba en 1978, formada en Bellas Artes, ha trabajado en las industrias musical, cinematográfica y cultural y reside en Madrid; su primera obra publicada fue la novela gráfica Face (2017), antes de las novelas Ramona (2019) y La muela (2021). Se nota en el modo de componer: la escena se instala visualmente antes de que la frase la explique, y muchas veces la frase decide no explicarla. La prosa es corta de adjetivo y larga de consecuencia.

Queda por decir lo que la crítica española suele callar en estos casos. El cuento se sigue tratando entre nosotros como género de tránsito, la cosa que se hace entre dos novelas, y las reseñas lo confirman cuando miden un libro de relatos por la novela premiada que lo precede. Cortarse el cabello no es un intermedio. Es un libro con arquitectura propia, con una idea clara de para qué sirve lo fantástico y con una escritura que ha decidido, sobre todo, lo que no va a decir.

Léanlo seguido y en orden, que para eso está pensado. Y si alguien quiere una recomendación con menos protocolo: empiecen por el hombre de las abejas y no lo suelten.

— Ana María Olivares

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