Tengo por costumbre desconfiar de los libros que se anuncian por su proeza técnica antes que por su historia. Cuando alguien me dice que una novela está escrita sin puntos, o sin la letra e, o del revés, mi primer impulso es apartarla y buscar otra cosa que leer. La literatura tiene bastante con lo suyo como para andar además haciendo flexiones delante del espejo. De manera que abrí Angel Down con toda la prevención del mundo, y a las veinte páginas había dejado de acordarme de la prevención.
Daniel Kraus ha ganado con ella el Pulitzer de Ficción de este año, y el jurado —presidido por Rebecca Makkai— la definió como un tour de force estilístico que funde alegoría, realismo mágico y ciencia ficción en un todo cohesionado, narrado en una sola frase. Es exacto, aunque suena a nota de prensa. Lo que ocurre en realidad es más simple y más brutal: el libro empieza a mitad de una frase, en pleno combate, y termina trescientas páginas después en una coma. No hay un punto en todo el volumen. Solo sangrías de párrafo que le dan al lector, de vez en cuando, permiso para respirar.
La acción transcurre en la ofensiva de Mosa-Argonne, últimas semanas de la Gran Guerra, cuando ya todo el mundo sabía que aquello se acababa y seguían muriendo hombres a razón de miles por semana, que es una de las cosas más obscenas que ha hecho el género humano y no la única. El protagonista, Cyril Bagger, es un timador del Medio Oeste que llegó al frente huyendo del reclutamiento y que ha sobrevivido hasta aquí desplumando a sus propios compañeros. No es un héroe ni pretende serlo. Es un superviviente, que es una categoría moral distinta y mucho más frecuente en las guerras de lo que cuentan los monumentos.
El general Reis, obsesionado con su ascenso, manda a Bagger y a otros cuatro descartes a tierra de nadie. Hay un aullido que está volviendo locos a los hombres en las trincheras y alguien tiene que ir a ver qué es. Los cuatro que lo acompañan son Arno, un chaval que no debería estar allí; Popkin, un bruto; Goodspeed, un manojo de nervios; y Veck, al que la guerra ya ha roto por dentro. Lo que encuentran enredado en la alambrada de espino no es un moribundo. Es un ángel. Corpóreo, herido, sangrando, con un aura que ciega, y cada uno de los cinco ve en su cara el rostro de una mujer distinta que reconoce.
Aquí es donde Kraus podría haberse ido al desastre, y no se va. Convencidos de que el general la explotará para medrar, los cinco desertan y cargan con la criatura bajo el fuego de artillería, discutiendo entre ellos, intentando cada uno congraciarse con ella para que le conceda lo que pide. Y el ángel no redime a nadie. No hay milagro, no hay consuelo, no hay lección. La criatura funciona como un catalizador que saca a la superficie la codicia, los celos, la superstición y el miedo que ya estaban allí desde antes. Es una decisión narrativa de una dureza considerable, y es la que separa este libro de la novela edificante que habría sido en otras manos.
Lo mejor del asunto está en otra parte, y me parece que se ha comentado poco. El corazón real de la novela no es el ángel sino la relación entre Bagger y Arno. El timador, que no ha hecho nada decente en su vida, protege al chaval con una torpeza desesperada: le cede la comida, lo cubre, le lee en voz alta El hijo de Tarzán como quien monta una tienda de campaña de papel en medio del barro. Ahí es donde el libro deja de ser un ejercicio de estilo y se convierte en literatura. Un hombre malo cuidando de un chico que va a morir, y leyéndole novelas de aventuras para que no se dé cuenta.
En cuanto al procedimiento, la frase única no es un capricho. Kraus escribe con lo que los estudiosos llaman estilo aditivo: acumula, yuxtapone, no subordina. Las cosas ocurren una detrás de otra sin que nadie explique cómo se relacionan entre sí, que es exactamente como ocurren las cosas en un combate y, si me apuran, en la vida entera. El sentido no viene dado; hay que ponerlo uno. Y a esas alturas del libro uno ya no tiene ganas de ponerlo.
El final no cierra. Se suspende. La guerra sigue, y vendrán otras, y eso es todo lo que Kraus está dispuesto a concederle al lector. No hay edición española anunciada a día de hoy, cosa que espero que se remedie pronto, porque el libro se lo merece y porque traducirlo va a ser un problema magnífico para quien lo asuma. Mientras tanto, quien pueda leerlo en inglés que lo haga. Y quien no, que lo espere. Merece la pena la espera.
— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás








