La novela de formación ha tenido, durante siglos, una dirección casi invariable: se educa al joven. Que el aprendizaje sentimental se produzca a los cuarenta y tres años, después de abandonar un matrimonio y una carrera, invierte la tradición con una naturalidad que merece ser considerada con atención. Play boy, de Constance Debré, que Alpha Decay publica ahora en castellano, es el primer volumen de una trilogía a la que siguen Love Me Tender y Nom, y apareció originalmente en Francia en 2018.
La ficha de la edición lo sitúa con precisión: una narradora que fue esposa, madre y abogada de éxito inicia sus primeras relaciones con mujeres mientras revisa sus vínculos con su padre, su exmarido y su hijo. La edición inglesa añade un dato de construcción que conviene retener: el relato se articula en viñetas breves, e intercala los encuentros amorosos —una mujer casada quince años mayor, una modelo diez años más joven— con los que la narradora mantiene con esos tres personajes. Si la descripción es fiel, y no hay motivo para dudarlo, la arquitectura del libro es discontinua por decisión, no por descuido.
Conviene detenerse en esa arquitectura. La viñeta breve es una forma que renuncia a la continuidad psicológica del relato tradicional: no explica cómo se llega de un estado a otro, los muestra ya consumados. Aplicada a una transformación vital, tiene una consecuencia notable, y es que el lector no asiste a una conversión gradual sino a una sucesión de instantes en los que la narradora ya es otra cosa. En entrevista con Granta, Debré compara su experiencia con la conversión de san Agustín, y la comparación, tomada en serio, ayuda a entender el tipo de libro que se tiene entre manos: un texto cuya unidad no se funda en la trama sino en la experiencia de un cambio de vida.
No obstante, la ficha de la editorial insiste en otra dimensión que no debe dejarse de lado. Play boy cuestiona las convenciones del amor y del deseo, y examina el género, el matrimonio, el sacrificio y los privilegios de clase. Describe, en palabras de la propia ficha, una «educación sentimental tan libre como contradictoria». La contradicción es aquí el término decisivo. Una narradora que abandona la vida burguesa de una abogada parisina y se queda, según la edición inglesa, sin dinero, no ejerce una libertad abstracta: la ejerce desde un punto de partida de privilegio, y un libro que sea honesto con su materia tendrá que hacerse cargo de ello. Que la presentación editorial lo mencione entre los asuntos del libro es una señal, no una garantía.
Merece la pena subrayar, además, la posición de la obra dentro de la trilogía. Es el primer volumen, de modo que cumple una función de inicio: plantea una ruptura y deja abiertas las consecuencias, que desarrollarán Love Me Tender y Nom. La edición española permite así leer el comienzo de un proyecto narrativo más amplio y valorar, cuando lleguen los siguientes volúmenes, si la forma fragmentaria que ahora se adopta resulta sostenible a lo largo de tres libros. Para eso será necesario esperar; lo que cabe decir hoy es que la ambición de conjunto está declarada.
La ficha presenta a Debré como una de las voces más singulares de la narrativa francesa contemporánea. No me corresponde confirmar ni desmentir el adjetivo sin haber recorrido la prosa, y esa es una limitación que debe consignarse. Lo que sí puede afirmarse es que el libro pertenece a una familia de textos —los de la ruptura biográfica narrada sin justificaciones— en la que lo difícil no es escandalizar, sino lograr que la sequedad de la forma sirva a la complejidad de la experiencia. Son ciento sesenta páginas, y esa brevedad es coherente con la viñeta.
Queda una pregunta de fondo, de naturaleza crítica y no moral: si un libro que se propone desmontar el sacrificio y los privilegios de clase consigue, a la vez, no convertirse en un nuevo catecismo. No es una pregunta que pueda resolverse desde la contracubierta. Es la que conviene llevar a la lectura.
Libros como este recuerdan que la educación sentimental no es una etapa de la juventud, sino una posibilidad que la literatura mantiene abierta mientras haya quien se atreva a empezar de nuevo a mitad de camino.
— Antonio Isidro Graña Ojeda








