La literatura de los autores premiados con el Nobel atraviesa, pasado el fallo, un momento delicado: el de los textos con que el lector pretende entender a la autora y con que la autora, a su vez, intenta explicarse. Es un género con hallazgos y con trampas, y la trampa mayor consiste en convertir la biografía en coartada. La luz y el hilo, de Han Kang, publicado por Literatura Random House dentro de su colección Láurea y traducido por Sunme Yoon, es el primer libro de la autora desde que recibió el Premio Nobel de Literatura, y se presenta como un compendio de no ficción: ensayos, poemas, fotografías y diarios inéditos que conectan su vida con su escritura.
Conviene detenerse en el centro físico del volumen, porque de él depende su forma. Según la editorial, el libro gira en torno al pequeño jardín orientado al norte de su casa, un espacio que solo recibe luz reflejada y al que ella debe devolver la claridad con espejos que mueve a lo largo del día. Casi la mitad del conjunto, según ha señalado la crítica que ya lo ha reseñado, es un diario de jardinería escrito entre 2021 y 2023, con observaciones sobre las estaciones y los consejos de un jardinero. El dato importa por una razón concreta: un diario anterior al premio impone una cadencia, la de las semanas y las estaciones, que ningún reconocimiento posterior puede alterar.
Esa luz de segunda mano tiene, además, una lectura que el propio libro parece invitar a hacer. Un jardín al que el sol no llega de frente y que sobrevive gracias a un trabajo diario de reflejos es una figura casi transparente de cierta idea de la escritura: la que no recibe la claridad en bruto, sino que la recoge, la desvía y la reparte. Que esa figura sea doméstica, que dependa de espejos y de un jardinero y no de una teoría, es lo que impide que la metáfora se vuelva solemne. Se trata de una interpretación, y como tal debe tomarse; pero la editorial misma sitúa el espejo en el centro del libro, y es difícil que un lector atento no lo vea.
El título procede de una imagen que la autora arrastra desde la infancia. La editorial recuerda un poema escrito a los ocho años sobre un hilo dorado de conexión, y es a partir de él, y de su discurso de aceptación del Nobel, como Han Kang explora el lenguaje entendido como vínculo: la corriente que une a quien escribe con quien lee. Hay aquí una arquitectura declarada que no depende del argumento sino de una convicción, la de que escribir y cuidar de algo vivo exigen una paciencia equivalente y una misma atención a lo que apenas se ve. Lo interesante reside en que el libro no contrapone ambas tareas; las pone a trabajar juntas.
Para el lector que llegue desde la ficción, la lectura ofrece otra clase de proximidad. Según la reseña publicada en elDiario.es, el volumen recuerda la génesis de La vegetariana y de Imposible decir adiós, de modo que quien conoce esas novelas encontrará en el taller de la autora el origen de obras que ya ha leído. No obstante, es razonable suponer —y es una inferencia, no un hecho comprobado— que el interés mayor residirá en la parte menos explícita: en cómo una escritora a quien suele asociarse con la violencia histórica y con el cuerpo como lugar de herida concibe la delicadeza cuando escribe sin personajes. El libro tendrá que confirmar o desmentir esa hipótesis página a página.
Los riesgos son evidentes y conviene nombrarlos. Un volumen que reúne piezas de procedencia diversa corre el peligro de la desigualdad: que el poema infantil, el discurso solemne y la anotación del jardín no encuentren un tono común. Y toda reunión posterior a un premio carga con una sospecha editorial que sería ingenuo ignorar, la de que el nombre vende más que el contenido. Pero el diseño que el libro declara —un eje doméstico, una imagen única, una luz que cambia de sitio durante la jornada— apunta a que la unidad se busca en el gesto y no en el género, y esa es una decisión crítica respetable, que merece ser juzgada por sus resultados y no por sus circunstancias.
Falta decir lo que probablemente importe más a quien se acerque sin devoción previa: se trata de un libro breve, de unas ciento setenta páginas según la ficha de la edición, pensado para una lectura sin prisa. Libros así no piden que se les crea; piden que se les conceda el tiempo que tarda la luz en cambiar de sitio. Y en esa espera, más que en cualquier tesis sobre la escritura, se juega su permanencia.
— Antonio Isidro Graña Ojeda









