¿Les ha pasado salir de un hospital y no saber en qué dirección andar? No hablo de perderse, que eso tiene arreglo con un mapa, sino de esa desorientación de después de ver a alguien querido en una cama, cuando uno camina sin rumbo por la ciudad como si las calles hubieran cambiado de sitio mientras estábamos dentro. De eso, de salir y caminar, empieza Norte, de Mathias Enard, y empieza con una amiga que ha sufrido un ictus y una noche de lluvia de otoño en Berlín.
Lo cuenta así la editorial: tras visitar a su amiga, Enard recorre la ciudad, y su melancolía se convierte en un monólogo interior que salta de un recuerdo a otro y une siglos de historia y literatura. Pasan por el libro filósofos, novelistas, refugiados sirios y poetas árabes. Se habla de amistad, de literatura, de errancia y de fronteras. Es el primer volumen de una serie de cuatro, Melancolía de los confines, una por cada punto cardinal, y se aleja de la ficción para trazar lo que la ficha llama una cartografía íntima de Europa. Random House lo publica en su colección Literatura Random House, con traducción de Robert Juan-Cantavella y 214 páginas.
Me fijo en lo de alejarse de la ficción, porque en Enard tiene su miga. En castellano lo hemos leído en Zona, en Calle de los ladrones, en Desertar, en El alcohol y la nostalgia y en Remontando el Orinoco, y quienes los frecuentan saben que no es un autor de trama sino de corriente: de frases que arrastran, de recuerdos que se encadenan. Un monólogo de caminante parece, por tanto, la forma natural para una voz así, y no una ruptura. Y la entrevista que concedió en junio a El Cultural lo confirma en un punto que me ha parecido revelador: el narrador no tiene nombre, pero Enard asegura que es él y que lo narrado ocurrió de verdad, aunque el libro no pretenda ser una exploración de lo íntimo.
En esa misma entrevista cuenta que Berlín es una ciudad donde resulta imposible escapar de la ruina. Hay en el libro, por lo que se desprende de ahí, un antiguo campo de concentración nazi en el barrio, y la figura de Käthe Kollwitz, y los refugiados, y los libros, que son la otra manera de caminar. Es una idea que me conmueve: que la melancolía, en el fondo, sea aceptar que el tiempo lo destruye todo, y que a pesar de eso se pueda salir a la calle y seguir andando. Lo aprendí de un modo más modesto, haciendo la compra con la cabeza en otra parte: se puede estar triste y avanzar, y a veces es la tristeza la que decide el camino.
Debo ser honesta con ustedes sobre mis límites, que es lo mínimo que se debe a un lector. Hablo de Norte a través de la ficha editorial y de lo que su autor ha contado en esa entrevista; no he podido seguir paso a paso ese paseo, y no voy a fingir que sé qué recuerdo salta a cuál ni cómo se resuelve el monólogo en sus pasajes más densos. Lo que sí sé es de qué viene la forma: de la necesidad de poner en fila, mientras se camina, lo que no cabe en una conversación de hospital. Y esa necesidad la conoce cualquiera que haya salido alguna vez de una visita sin haber podido decir lo importante.
Hay otro dato que me ha hecho sonreír. El segundo volumen, según el propio Enard, se ocupará de la península ibérica, con al-Ándalus y el Cid como figuras centrales. Nos toca, pues, a los de aquí; y me gusta imaginar a este hombre, después de su noche berlinesa, caminando por una ciudad nuestra con la misma mezcla de erudición y desamparo. Eso quiere decir que el libro que ahora llega es el comienzo de algo, y que habrá que leerlo con la paciencia de quien sabe que le faltan tres cuartas partes del mapa.
Quizá sea por eso por lo que recomiendo Norte a quienes disfrutan perdiéndose con un libro, sin pedirle que los lleve a ninguna parte. A quien haya tenido que volver a casa andando después de una mala noticia, sobre todo. Algunos libros acompañan sin consolar, y a veces es lo único que se les puede pedir. Este parece de esos: un compañero de paseo que habla mientras llueve.
— Ángela de Claudia Soneira








