Conviene decir desde el principio que cualquier libro que pretenda explicar Oriente Próximo en un solo volumen llega con la sospecha servida. La región ha producido más bibliotecas de las que se pueden leer, y la mayoría de ellas están escritas desde un bando. El hervidero, de Simon Sebag Montefiore, publicado por Crítica en su Serie Mayor y traducido por Gonzalo García, se ofrece como una «guía imprescindible para comprender la formación del Oriente próximo moderno en el último siglo», según la propia editorial. La promesa es grande, y lo primero que hay que hacer con una promesa grande es medirla.
Los datos son estos. El subtítulo fija el recorrido: «Historia de Oriente Próximo, 1900-2026». Son seiscientas ocho páginas en tapa dura, y la crítica que lo ha presentado lo describe como un viaje que va desde el Imperio otomano hasta la presidencia de Donald Trump. La editorial habla de una crónica ambiciosa y matizada, que se adentra en las batallas ideológicas y las tensiones geopolíticas de la región a lo largo de un siglo y cuarto. Montefiore, historiador británico, es también autor de Jerusalén, y conviene tenerlo presente, porque de esa obra procede la idea que muchos lectores tienen de él: la de un historiador que cuenta con personajes lo que otros resumen en cifras. Esa idea, que es una expectativa y no un hecho comprobado en este libro, es la que El hervidero tendrá que confirmar.
Hay una decisión que me parece la más relevante de todas, y es la fecha final. Terminar en 2026 significa que el libro asume el riesgo de narrar un presente que todavía se está haciendo. Es habitual que los historiadores lo desaconsejen, y con razón: sin distancia, la interpretación se confunde con el titular. Que Montefiore lo haga indica una apuesta por la utilidad pública sobre la prudencia académica, y esa apuesta tiene un precio. Los últimos capítulos de un libro así envejecen antes que los primeros. Lo que ocurra en la región el mes que viene los dejará incompletos, y el lector debería leerlos con ese aviso.
El otro asunto es el de la perspectiva. Escribir la historia de una región atravesada por conflictos que se disputan con memoria exige elegir una posición, y toda posición molesta a alguien. No se ha dicho aún, y no pretendo adelantarlo, cómo resuelve Montefiore esta tensión; lo que sí puedo señalar es que un título como El hervidero ya declara una actitud: la de ver la región como un recipiente en ebullición, no como un tablero en el que unos actores razonan y otros reaccionan. Es una metáfora eficaz, y también un sesgo, porque lo que hierve parece incontrolable y deja sin responsabilidad a quienes han avivado el fuego. No basta con decir que el Oriente Próximo es complejo; hay que decir quién lo complicó y con qué fines.
Hay un tercer elemento que merece atención: la escala. Seiscientas ocho páginas para ciento veinticinco años obligan a una selección feroz, y toda selección es una toma de partido sobre qué cuenta. Los primeros decenios del siglo, con la caída del Imperio otomano, y los últimos, con una actualidad que se escribe a diario, ocupan los extremos del volumen; lo que haya entre medias, y cuánta atención reciba cada etapa, dirá más sobre el criterio del autor que cualquier prólogo. Una historia general se juzga, sobre todo, por lo que decide dejar fuera.
Por eso la recepción importa. Un libro de divulgación histórica sobre este asunto se leerá, en las próximas semanas, menos por su rigor que por su utilidad para entender el telediario, y eso es un problema para el libro y un privilegio para su autor. La pregunta de fondo es si la narración de Montefiore, probablemente brillante en lo anecdótico, sostiene un argumento. Una guía no es una tesis, y la editorial dice «guía». Un lector exigente querrá saber si detrás de las anécdotas hay una explicación, o solo un recorrido.
Lo que sí parece claro es que hay un mercado hambriento de este tipo de libros, y que la oferta suele ser peor que la demanda. Un volumen de seiscientas páginas, traducido y editado con esmero, que cubre desde 1900 hasta hoy, es una oportunidad de poner orden. Si lo consigue sin caer en la simplificación ni en la cronología sin alma, habrá merecido su lugar en la estantería. Este es el tipo de libro al que merece la pena dedicarle una discusión larga, y más de una, y no solo cuando la actualidad lo reclame.
— Ana María Olivares








