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Islandia, de Manuel Vilas. El desamor como forma de conocimiento

Islandia, la nueva novela de Manuel Vilas, era uno de los libros más esperados del año. Cuando el autor de Ordesa anuncia un regreso narrativo, la expectativa es inevitable, y la expectativa, como todos sabemos, es una forma de trampa. Pocas novelas salen bien paradas de semejante presión anticipatoria. Esta lo hace.

Vilas construye en Islandia una historia de desamor que no es exactamente una historia de amor perdido, sino algo más difícil de articular y, por eso mismo, más interesante: una historia sobre el espacio que queda cuando el amor no llega a ser del todo lo que prometía ser. El protagonista, un hombre de mediana edad con una vida que podría describirse como funcional —trabajo, apartamento, los hijos que visita en fechas señaladas—, emprende un viaje a Islandia que es simultáneamente una huida y una búsqueda. La geografía del libro no es decorativa: los volcanes, los géiseres, la luz perpetua del verano ártico actúan como correlato objetivo de un estado emocional que el narrador, deliberadamente, evita nombrar.

La crítica española ha recibido la novela con entusiasmo unánime, y el entusiasmo está justificado, aunque quizás por razones diferentes a las que se han señalado con mayor frecuencia. Se ha hablado mucho de la continuidad con Ordesa, del mismo universo emocional, de la misma voz reconocible. Todo eso es cierto, pero lo más notable de Islandia es precisamente lo que la separa de su predecesora: mientras en Ordesa la pérdida era concreta y la escritura operaba como duelo, aquí la pérdida es difusa, sin objeto claro, y la escritura opera como diagnóstico.

El duelo por lo que nunca fue del todo es, arguye Vilas implícitamente, un dolor menos reconocido pero no menos real que el duelo por lo que se tuvo y se perdió. Hay algo políticamente significativo en esa afirmación, aunque la novela no la formula nunca de forma explícita. Vilas confía en la inteligencia del lector, que es siempre la mejor señal.

El estilo no ha cambiado sustancialmente respecto a los libros anteriores: frases largas que se enrollan sobre sí mismas, una prosa de alta temperatura emocional que algunos considerarán excesiva y otros, entre los que me cuento, encontrarán exactamente calibrada. La voz de Vilas es inconfundible, y ser inconfundible es, en literatura, un logro que no hay que subestimar.

Islandia confirma que Vilas no fue un fenómeno de un solo libro. Fue el anuncio de algo más sostenido y más complejo. Esta novela es la prueba.

— Ana María Olivares

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